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Respeto

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No juzguéis, para que no seáis juzgados. Mateo 7:1.

Un ladrón visitó un edificio en una ciudad populosa y se llevó algunas cosas valiosas de un apartamento. Dos jóvenes adventistas del apartamento contiguo escucharon los gritos de la víctima, y salieron a perseguir al ladrón, pero este logró escapar con el botín. Entonces el que había sufrido el hurto acusó a uno de ellos de ser cómplice del ladrón, de ser su informante. No tenía evidencias para realizar la acusación, pero descargó su frustración sobre él. Motivado por el prejuicio, calumnió y difamó a quien expuso su vida en el intento de recuperar sus cosas.

¿Cuántas veces habremos sido injustos con el prójimo que nada nos debía? ¿Cuántos inocentes habrán sido asesinados o arruinados por causa del prejuicio?

El único nacido de mujer que sabe lo que hay en el interior del hombre es Jesús, y a él corresponde juzgar a los hombres. A él no le gusta que entre nosotros nos andemos juzgando, por eso dijo: “No juzguéis para que no seáis juzgados” (Mat.7:1). El juzgar a otros se puede convertir en hábito. La persona que tiene el hábito de juzgar, así como juzga a otros delante de ti, te juzgará delante de otros.

Durante su vida terrenal Jesús fue juzgado por los hombres impíos. Y aunque venció al diablo, al pecado y a la muerte y ascendió a los cielos, aún hay gente que lo juzga. ¡Qué ironía! Ser juzgado por aquellos que van a ser juzgados por él: “Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo” (Juan 5:22).

La acción incluye la sentencia. Si juzgamos, seremos juzgados, y no por cualquier mortal sino por el Juez del universo. Por eso, evitemos prejuzgar y juzgar. A Dios no le agrada y a nosotros no nos conviene.