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Educación

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Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Lucas 2:47.

Jesús fue un niño estudioso y un joven observador de la vida, sin embargo, no fue a la escuela. Como autodidacta, Jesús se educó a sí mismo. Aunque sus padres terrenales, José y María, lo instruyeron en las Escrituras, cuando tuvo criterio y discernimiento propios decidió continuar con esa educación religiosa y formadora del carácter.

Jesús también estudió el libro de la naturaleza. Las maravillas de la creación le hablaban de un Diseñador inteligente, pues todo tenía utilidad. Le revelaron un Artista que a todo dio forma, contenido y belleza, de un Creador providente que puso miel en las flores para deleite de hombres y animales y llenó los árboles de alimento, del Creador providente que creó la lluvia, los manantiales y los mares con su plétora de beneficios, de quien creó los ecosistemas que dan equilibrio a la vida. Observó que todo fue creado para dar: el arroyuelo que imparte vida a la floresta, las plantas y los árboles que purifican el aire y prodigan sus frutos y sus hojas para alimento de todos y nutrición de la tierra, los insectos que se alimentan de las flores mientras las polinizan, las aves que esparcen las semillas. De esas observaciones se valió Jesús para crear sus parábolas.

Jesús aprendió las Escrituras y su significado correcto. Cuando a los doce años de edad asistió por primera vez al Templo de Jerusalén para celebrar la Pascua, dialogó con los doctores de la ley, y no quedó a la zaga; al contrario, les explicó el verdadero sentido de las Escrituras.

No eran los sacrificios de animales puros un medio de apaciguar a una deidad airada, como creían estos hombres, sino verdaderos tipos del Cordero de Dios, el Hijo de un Dios bueno que sería sacrificado en expiación por los pecados del mundo. Así lo anunció Isaías al decir del Enviado del cielo en sacrificio vicario: “Como cordero fue llevado al matadero” (Isa. 53:7). Así los fue guiando por los senderos de la doctrina bíblica hasta que, maravillados, los doctos ministros religiosos tuvieron que reconocer su sabiduría: “Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas” (Luc. 2:47).

Eduquemos a nuestros niños con los libros de Dios: la naturaleza y las Escrituras, y serán jóvenes ejemplares.