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Idealismo

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Prosigo a la meta. Filipenses 3:14.

Hay que tener proyectos, como los tuvo Marcial.

    En el año 2000, desde un pequeño pueblo cercano al Golfo de México salió Marcial para visitar a su hijo menor en Puebla, donde lo había enviado a estudiar Medicina.

    Halló a su hijo en una casa parcialmente quemada, donde solo comía frijoles, salsa picante y tortillas de maíz. La señora que le alquilaba una habitación en ese lugar, pobre en bienes materiales pero solidaria, atendió a Marcial lo mejor que pudo. Luego de haber comido y quedado insatisfechos, Marcial invitó a su hijo a comer unos tacos en la esquina.

   "Esa noche —comenta Marcial—, mientras contaba estrellas a través del techo de aquel tugurio, decidí marcharme a los Estados Unidos. Tenía que conseguir dinero para financiar la carrera de mi hijo. Meses después, con un abrazo que quiso ser eterno, dejé sola a mi esposa y al otro de nuestros hijos. Llovía en el trópico y en mi corazón. Tardé tres días en llegar a mi lugar de destino, sin comer y casi sin beber agua. Comencé a trabajar en lo que pude”. Hoy, mi hijo es médico graduado con honores, y el mejor ginecólogo de la región.

   “En la soledad de mi pequeño apartamento en los Estados Unidos, gocé y lloré sus graduaciones —comenta Marcial—. No pude celebrarlas con un abrazo ni recibir de sus manos el título universitario que ganaron su esfuerzo y el mío. Sufrí, pero la soledad no me destruyó".

Historias como la de Marcial son frecuentes entre los inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos y en Europa. Tal vez conozcas a alguien que se atrevió a emigrar y está solo en una sociedad consumista. Si ese fuera el caso, te invito a estrecharle la mano y ofrecerle una sonrisa.

   Tal vez tú seas una de esas personas que lo dejaron todo por el bien de los suyos, y enfrentas una soledad tan fría como el invierno del norte. Entonces te invito a alzar tus ojos al cielo, donde un Dios amante y compasivo te dice: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré” (Isa. 41:10), y te garantiza su permanente compañía: “Yo estoy [contigo) todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20).