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Fraternidad

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De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres. Hechos 17:26.

La Segunda Guerra Mundial fue motivada por el prejuicio racial y por intereses políticos y económicos. Fue también una guerra contra las minorías: los homosexuales, los judíos, los gitanos y los disidentes políticos y religiosos. El caldo de cultivo fue la decepción alemana por la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial. Ese orgullo herido fue como una brasa de un fuego mal apagado oculta en un pastizal.

Cuando apareció un demagogo chauvinista, quien prometió a su pueblo la gloria y la riqueza, el prestigio y el poder universal, de pronto ese pueblo civilizado se embriagó con el vino de la soberbia y su cabeza se llenó con la espuma de la vanidad. Y humilló a quien no fuera de su clase. Cuando la guerra terminó, ante la escasez de hombres, muchas mujeres alemanas tuvieron que casarse con turcos y polacos, y esas razas consideradas inferiores e indignas de convivir con los arios se unieron con ellos.

El fantasma de Hitler ha vuelto. Los pasos de su corcel resuenan en las calles de Londres y Washington, de Ámsterdam y París. La historia nos asombra con paradojas surrealistas pero aleccionadoras. Lo que Hitler quiso evitar en su patria fue lo que sucedió, y lo que los aliados más odiaban del Führer es lo que están predicando y practicando, como si le dijeran al santón del nazismo: “Perdónanos Hitler. Tenías razón”.

Pero no todos en Occidente están negando los valores que sustentan la fraternidad humana; no todos están claudicando ante el nacionalismo y el racismo. Aún hay mucha gente cuerda que está alzando su voz en defensa de nuestro gran capital: la libertad y la dignidad con que Dios nos dotó cuando nos creó a su imagen.

Sé tú una de esas voces. Habla con la voz más poderosa, la del ejemplo: ama a los nativos de América y a los europeos, a los negros y a los latinos, a los orientales ya los maoríes, ama a los árabes. Ama por el gusto de amar, por el placer de ser una puntada en el tejido único de la humanidad, pues todos somos imagen de Dios. Que tu voz sea escuchada en las más altas esferas del gobierno, y en el Santuario celestial.