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Humildad

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Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Mateo 11:29.

La persona humilde deja de serlo cuando se da cuenta de ello. El único que dijo que era humilde y no perdió la humildad fue Jesús.

La humildad es un don del Espíritu Santo, pues nadie puede ser humilde por sí mismo. La persona humilde se caracteriza por su sencillez. Puede descender y condescender por el bien de otros que están bajo su mando.

En un pueblo de México, el gobernador del Estado realizaba una reunión de trabajo con autoridades locales y campesinos. Cuando llegó el momento de entregar títulos de posesión de las tierras a los campesinos más pobres del municipio, estos comenzaron a pasar ante una gran mesa, tras la que se hallaban las autoridades. Cuando llegó su turno, un campesino se intimidó y se acercó temblando hasta la mesa. Traía unos documentos en sus manos, pero de pronto, los papeles se le cayeron y se esparcieron por el piso. El campesino se sintió más nervioso, y se agachó a recogerlos, pero al intentarlo, se le volvían a caer.

La gente comenzó a murmurar. “Ese hombre ha arruinado la reunión, se trata de un analfabeto", decían. De pronto una persona se acercó a ayudarle, mientras le decía en voz baja que no se preocupara. Entonces todos los criticones guardaron silencio, pues el que acudió a ayudarlo era el gobernador.

Abraham manifestó humildad cuando permitió que su sobrino Lot escogiera primero que él la tierra donde habitaría, a pesar de que él tenía derecho de escoger primero, pues era el mayor. Aunque era la reina de Persia, Ester fue humilde ante Mardoqueo. Continuó respetándolo y tomando en cuenta sus consejos. Y cuando los judíos fueron condenados a muerte por instigación de Amán, arriesgó su vida al entrar en la presencia de Asuero sin haber sido llamada.

Pero el ejemplo supremo de humildad lo dio nuestro Salvador. Siendo igual a Dios, descendió al nivel de hombre, un simple siervo, y estando en esa condición lavó los pies de sus discípulos en la cena de Pascua. Al día siguiente descendió al nivel en que se hallaban los hombres más despreciados, pues permitió que lo crucificaran, aunque no tuvo culpa (Fil. 2:5-8).

Roguemos a Dios que nos conceda la humildad, sin que lo sepamos.