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Arrepentimiento

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Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Salmo 32:5.

Caravaggio fue un gran pintor. Su cuadro más impresionante es el de David con la cabeza ensangrentada de Goliat en la mano. La escena es de por sí chocante, pero lo más dramático es que el rostro de Goliat es el del pintor. Caravaggio mató a un hombre, y desde aquel día, debe haberse aborrecido a sí mismo por tan infame acción.

Todo ser humano ha sido dotado de conciencia, el medio por el que somos sensibles a la voz del Espíritu. Cuando transgredimos la ley de Dios, una luz roja se enciende en la conciencia, y nos sentimos deudores ante Dios. Hay personas a quienes la conciencia las incomoda aun sin conocer el evangelio, y dicen: “Siento como si debiera algo. No tengo paz”. Se trata de la voz del Espíritu que las llama a reconciliarse con Dios. Mientras no lo logren o no se decidan, vivirán como Caravaggio, culpándose a sí mismas, castigándose, y sufriendo aun en el aspecto físico. David dijo respecto a su pecado oculto: "Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (Sal. 32:3).

Si tienes pecados no confesados, apresúrate a confesarlos y a reconciliarte con la persona ofendida, pero toma en cuenta que todo pecado es ante todo una ofensa a Dios. Cuando David hizo un grave daño a su prójimo le dijo a Dios: "Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio" (Sal. 51:4).

David también te exhorta a ser dócil a la voz del Espíritu de Dios y confesar tus pecados: “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti” (Sal. 32:9).

Cuando confieses tu pecado, Dios te perdonará y tendrás paz. David comparte su vivencia: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (vers. 5).

Sí, Dios te perdonará. Ah, el perdón. ¡Qué delicia! ¡Glorificado sea Dios!