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La mentira destruye

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Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. Hechos 5:8.

SAFIRA

Tan pronto Safira le respondió a Pedro con las palabras que encabezan nuestra reflexión de hoy, firmó su sentencia de muerte. El Espíritu Santo le estaba dando una oportunidad para declarar su pecado y ajustar cuentas con Dios, pero ella no aprovechó su última oportunidad de corregirse. El apóstol Pedro no pudo ayudar a Safira. Al igual que su marido, ella cayó a los pies de los enterradores que venían del cementerio, y murió.

Es sobrecogedor y escalofriante leer esta historia, porque nosotras también somos pecadoras. Nos aventuramos a jugar con el pecado sin advertir que cuanto más jugamos, más nos enredamos en él y, por lo tanto, más nos alejamos del único que puede salvarnos: Jesús. Algunas mujeres piensan que mentir a los demás es ser “más listas”, más astutas o más inteligentes. No solo se engañan a sí mismas, tampoco atinan a comprender que están cavando su propia tumba.

Se dice que la verdad siempre encuentra el camino adecuado para salir a la luz. Los desafíos que deben ser superados por mantenerse de parte de la verdad no pueden compararse con la vergüenza, el bochorno y la desesperación que experimentamos cuando nuestra mentira es descubierta. Dios no tolera la mentira, porque él es la verdad (ver Juan 14:6). Tampoco entiende de mentiras piadosas, pues para él, mentir es mentir, punto final.

La mentira de Safira iba acompañada de malicia y avaricia, porque todo había sido planificado. Pocas veces una mentira se presenta sola; más bien una mentira inicial nos lleva a otra, y esta, a otra mayor, hasta convertirse en una cadena. Ha llegado el momento de que nos alejemos de la mentira. Dejemos de acariciar este pecado que nos lleva a la destrucción.

La vida de Safira fue un ejemplo de corrupción y perdición. Nada es más preciado que una conciencia tranquila. No hay mejor que poder acostarnos en la noche y dormir en paz, confiadas en que el Señor está a nuestro lado guiando nuestros pasos. La vida de una cristiana debería destacarse por la honestidad y la integridad. Acudamos al pie de la cruz, donde se puede cultivar un carácter similar al de nuestro Salvador Jesús. —LF