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Mujer paciente

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También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar. Lucas 18:1.

LA VIUDA PERSISTENTE

Cuando estamos en comunión con nuestro Padre celestial, llegamos a conocerlo y aprendemos a esperar pacientemente en él. Llegamos a comprender que él siempre quiere ayudarnos.

Así como la naturaleza espera pacientemente la lluvia y el rocío, los santos pacientes esperan las bendiciones de su Padre. El apóstol nos instruye: “Tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía” (Santiago 5:7). Nuestro Señor Jesús esperó con paciencia la provisión de su Padre celestial. Nunca la impaciencia anidó en su corazón ni manifestó desazón alguna. Por lo tanto, esperamos y oramos, sabiendo que Jesús está plenamente consciente de nuestras necesidades. Cuando esperamos y confiamos en el Señor, aun en medio de las tribulaciones, él prepara nuestra mente, corazón y carácter, ya que “la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza” (Romanos 5:3, 4).

Es difícil ser paciente cuando queremos algo muy necesario, pero ¿pensamos antes de actuar? ¿Están nuestros motivos en sintonía con la voluntad del Padre? ¿Es pertinente tomar una decisión sin consultar con el Señor? Nuestro Padre celestial sabe lo que necesitamos y cuándo seremos capaces de administrar ese beneficio. Por el contrario, el orgullo y la impaciencia exigen lo que pedimos al instante, pero la humildad nos induce a esperar con fe.

La mujer humilde se centra en la relación con Jesús mientras espera pacientemente y deja que él prepare el corazón primero. Cuando aprendamos a dar gloria a Dios, podremos recibir lo que pedimos. Hemos de conducirnos como Job, quien perdió sus bienes, sus hijos y su salud, pero jamás culpó a Dios por su desgracia; al contrario, esperó en él.

La paciencia no es la capacidad de esperar, sino la habilidad de mantener una buena actitud mientras esperas. Tratar de manipular las circunstancias drena nuestra energía; en cambio, la espera activa en Dios es edificante, porque cuando le permitimos que nos fortalezca para las tareas que estamos llamados a realizar, podemos experimentar su dulce presencia. —AC