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Mujeres en discordia

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Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor. Filipenses 4:2.

EVODIA Y SÍNTIQUE

Evodia y Síntique eran dos cristianas que habían combatido en el evangelio juntamente con Pablo, Clemente y otros colaboradores. Ellas estuvieron al lado del apóstol, ayudándole a llevar el evangelio a los paganos. Habían sufrido y trabajado arduamente por la proclamación del evangelio y el crecimiento de la iglesia de Dios en Filipos. Eran mujeres prominentes de la iglesia de esta ciudad. Todos las conocían, todos sabían de su trabajo para el Señor, de su servicio a los santos. Pablo también dice que eran creyentes genuinas, pues afirmó: “[Sus] nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3).

Pero estas santas mujeres estaban distanciadas por un problema. No se sabe cuál era el problema, pero tuvo que ser lo suficientemente grave para que Pablo las mencionara en su carta. Ya todos en la iglesia estaban al tanto del desacuerdo, y tal vez algunos estaban tomando partido. Quizá se trataba de diferencias doctrinales o de celos. No lo sabemos; lo que sí sabemos es que el ángel caído saca provecho de cualquier fricción o desacuerdo para sembrar discordia y división en la iglesia.

¡Cuán lamentable es esto!

Por muy comprometidas que estemos con el Señor y su iglesia, nos puede pasar también lo mismo. ¿Y a qué se deben los conflictos? La mayoría de los conflictos y las fricciones entre dos hermanas creyentes no tiene que ver con asuntos doctrinales, sino con problemas de personalidad y métodos de servicio. Debemos estar muy cerca de Jesús para no caer en estos problemas.

Si tú crees que hay una mejor manera de hacer las cosas que como las hace la hermana X, somete el asunto a Dios en oración. Si hay alguna fricción, sigue el proceso de Mateo 18:15-22. También es necesario aprender a pasar por alto la ofensa. Recuerda que diferente no significa equivocada.

 

Pablo les ruega a estas dos damas que sean de un mismo sentir en el Señor. Se trata de la mejor solución, porque cuando nos aferramos a viento y marea de nuestro propio sentir, perdemos la capacidad de pensar objetivamente. Dejemos a un lado las diferencias, el orgullo y las opiniones personales; aprendamos a ceder, en procura de la unidad de la iglesia. —AC