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Solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. Lucas 10:42.

MARÍA MAGDALENA

Jesús anunció su muerte en diversas ocasiones, pero parecía que sus discípulos no escuchaban, o no querían escuchar. Sus mentes estaban llenas de otras preocupaciones, ambiciones y expectativas. Cada vez que Jesús hablaba de su muerte, los discípulos oían, pero no escuchaban. Ellos querían un Mesías triunfante, no un Dios clavado en una cruz. Había una disonancia entre los conceptos que los discípulos tenían y el mensaje que Jesús intentaba comunicarles. Sin embargo, María escuchó a Jesús. Entendió que el Maestro estaba anunciando que moriría.

¿Por qué María escuchó, mientras que los discípulos no? ¿Cuál era la diferencia entre ellos? María estaba acostumbrada a escuchar a Jesús. Cuando el Maestro hablaba, ella hacía silencio en su interior. Este hombre, que ella había descubierto personalmente como el Salvador del mundo y de su vida en particular, había cambiado su existencia. Las palabras de vida eterna de Jesús transformaron completamente la vida de esta mujer. Ella había aprendido a estar atenta a las palabras de Jesús, y a aceptar lo que él decía como la verdad.

Al leer los Evangelios y notar la falta de entendimiento de los discípulos de Jesús, me asombro. ¿Cómo pudieron convivir con Jesús por más de tres años, y sin embargo no fueron capaces de entender lo que él procuraba decirles? Entonces pienso en mi experiencia, en mi viaje espiritual. ¿Cuántas veces Jesús me dice algo, pero no lo escucho? A veces estoy tan saturada con mis propios conceptos que no puedo escuchar su voz. En otras ocasiones no logro centrarme cuando conversamos. Estoy demasiado preocupada intentando resolver mis problemas, y no le dejo que intervenga y tome el control de mi vida.

Entonces pienso en María, y en las palabras que Jesús le dedicó: “Hay una sola cosa por la que vale la pena preocuparse. María la ha descubierto, y nadie se la quitará" (Lucas 10:42, NTV).

Ojalá que, igual que María, seamos capaces de dejar todo lo que nos distrae o nos preocupa, y encontremos el tiempo y el espacio para sentarnos a los pies de Jesús, para mirarle a los ojos, para estar completamente presentes en la conversación, y disfrutar de las palabras y la compañía del mejor amigo del universo. —AP