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Cuando Jesús te llama por tu nombre

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"¡María!”, dijo Jesús. Ella giró hacia él y exclamó: “¡Maestro!" Juan 20:16 (NTV).

MARÍA MAGDALENA

María no sabía vivir sin Jesús. No quería vivir sin su Maestro. Por eso estaba allí, frente a la tumba, tan temprano. No había podido dormir. Antes de que llegara la madre de Jesús, antes de que aparecieran sus discípulos, ella estaba allí.

No podía vivir sin el Maestro que impartía vida.

Cuando Jesús dijo: “Lázaro, ven fuera”, sus palabras vivificaron a su hermano.

Cuando Jesús dijo: “El que esté sin pecado, tire la primera piedra”, los que habían abusado de ella, los que habían llenado su vida de culpa y miseria, huyeron.

Cuando Jesús dijo: “Ni yo te condeno", esas palabras descargaron la pesada losa que la había aplastado durante varios años, y una sensación de libertad y dignidad volvió a su vida.

Ahora está allí, al lado de su tumba.

Entonces escucha su voz, la voz que devolvió la vida a su hermano, y a ella la dignidad. “¡María!” dice el Maestro, con la voz más dulce que nunca nadie ha escuchado. Antes de ascender a su Padre en los cielos, Jesús pone el universo en “pausa", y se encuentra con su amiga María. Esta mujer, despreciada y utilizada por tantos, una mujer que había caído en desgracia, señalada por su culpa, atrapada en sus debilidades; una mujer que se encontró cara a cara con la gracia y la esperanza en la persona de Jesús. Y Jesús la llama por su nombre. Él también había notado las lágrimas de María. También le dolía el dolor de su fiel amiga.

Este es tu Salvador: el que lee tus lágrimas, el que te perdona y no vuelve a recordar tus pecados, el que te devuelve la dignidad y restaura tu vida; el Maestro que con su palabra crea un corazón nuevo en tu vida y en la mía. El conoce nuestro nombre y es capaz de poner en “pausa" el universo para encontrarse con nosotros y decirnos: “Estoy aquí. Contigo. He muerto para que tengas vida, y vida en abundancia. He venido para quedarme”.

Que la certeza y la inmensa alegría de su amistad te acompañen hoy y siempre, hasta que lo veamos cara a cara. Ese día también nos llamará por nuestro nombre y nos dará, personalmente, la bienvenida a casa. -AP