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Cena entre amigos

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Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. Apocalipsis 3:20 (NBD).

MARÍA MAGDALENA

Cuando Dios bajó del cielo y habitó entre nosotros en la persona de Jesús, se encontró con gente tan religiosa como antipática. Los más religiosos de su época, los líderes espirituales de Israel, fueron los que más lo persiguieron y lo odiaron. Cuando Jesús comenzó su ministerio, los fariseos, saduceos y doctores de la ley se empeñaban en medir sus palabras para encontrarle errores y condenar su doctrina.

Elena G. de White comenta que “Jesús hallaba con frecuencia descanso en el hogar de Lázaro [y María y Marta]. El Salvador no tenía hogar propio; dependía de la hospitalidad de sus amigos y discípulos; y con frecuencia, cuando estaba cansado y sediento de compañía humana, le era grato refugiarse en ese hogar apacible, lejos de las sospechas y celos de los airados fariseos. Allí encontraba una sincera bienvenida y amistad pura y santa. Allí podía hablar con sencillez y perfecta libertad, sabiendo que sus palabras serían comprendidas y atesoradas. Nuestro Salvador apreciaba un hogar tranquilo y oyentes que manifestasen interés. Sentía anhelos de ternura, cortesía y afecto humanos” —DTG, 482.

Jesús encontró en María una buena amiga. Cuando él hablaba, ella escuchaba atentamente. María disfrutaba de las palabras de Jesús y estaba tan presente en la conversación, que hasta olvidaba sus deberes de anfitriona. Y Jesús, lejos de condenarla, la felicitó. Le dijo que había escogido la mejor parte: escucharlo, disfrutar de su compañía, prestarle atención. Jesús “sentía anhelos de ternura, cortesía y afecto humanos”. La esencia de nuestro Dios es el amor, un amor que se traduce en relaciones de ternura, respeto y afecto. Dios funciona en un sistema de relaciones perfectas entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Cuántas veces hablamos con él en oración, pero no estamos completamente presentes en la conversación. Con cuánta frecuencia no hablamos con Dios como con un amigo, sino como con un ser distante, desconectado de nuestra realidad. Nuestra naturaleza humana es tan débil y tenemos tantas cosas que ocupan nuestra atención, que una conversación sincera, a corazón abierto con Dios, es a veces un desafío demasiado difícil de lograr. Sin embargo, a Jesús le sigue gustando conversar con nosotros. Llama a la puerta de nuestra vida, y espera que lo dejemos entrar. —AP