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La ofrenda del llanto

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Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Lucas 23:28.

MUJERES JUNTO A LA CRUZ

Cuando Jesús llevaba la cruz, muchas mujeres de Jerusalén se angustiaron por sus sufrimientos y comenzaron a llorar y a lamentar por él. Muchas de estas mujeres no creían en él, lloraban precisamente porque eran mujeres, almas sensibles. Su llanto nacía de la sensibilidad, no de la fe, pues la fe no nos hace llorar y gemir. La fe convierte el dolor en esperanza.

Cobrando nuevas fuerzas, Cristo las miró con tierna compasión. Sabía que no se lamentaban porque era el enviado de Dios, sino porque tenían un gran corazón; y dirigiéndose a ellas les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lucas 23:28).

Jesús no despreció sus lágrimas. Su compasivo corazón se conmovió. Olvidó su propia aflicción y vio el futuro de Jerusalén. Hacía pocas horas que el pueblo había gritado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mateo 27:25). Pronto comprenderían cuán ciegamente habían invocado el aciago destino que les esperaba. Muchas de aquellas mismas mujeres que lloraban y se lamentaban por Cristo iban a perecer con sus hijos durante el sitio de Jerusalén.

Sin embargo, hay en las palabras de Jesús un reproche velado y una enseñanza significativa. Si hubieran sido mujeres de fe, la esperanza habría nacido victoriosa en esa hora de dolor. Jesús les dijo: “No lloréis por mí”.

Cuando el dolor toque a la puerta de tu corazón, recuerda que cada lágrima que derrames, Jesús ya la derramó por ti. Jesús lloró dos veces: sobre Jerusalén (ver Lucas 19:41-44) y ante la tumba de Lázaro (ver Juan 11:28-37). Y en las dos veces también lloró por ti y por mí, porque sintió nuestra confusión, nuestro dolor ante la muerte de un ser amado.

Pero Jesús no solo lloró, sino que sufrió y murió por ti, para que no llores más. El convierte tu dolor en esperanza. Las palabras que Jesús dirigió a aquellas mujeres, las dirige hoy a nosotras: “No lloren por mí”. Esto significa: “Disfruten mi salvación, porque yo ya sufrí por ustedes”.

Tú no eres dueña de tu dolor, pero sí de la calidad de tu sufrimiento. En Jesús, tu dolor siempre tendrá un sentido, porque “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28). -FB