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Milagros y la resurrección

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Tomando luego Elías al niño, lo trajo del aposento a la casa, y lo dio a su madre, y le dijo Elías: Mira, tu hijo vive. 1 Reyes 17:23.

LA VIUDA DE SAREPTA

Por último, la historia de Sarepta nos hace volver la mirada sobre el hijo I de la viuda, que muere y es resucitado (1 Reyes 17:17). Él era todo lo que tenía esta pobre viuda. Imagino a la madre recorriendo la tierra árida para encontrar alguna raíz, algo bueno para alimentar a su hijo, pero nada evitó su muerte. Ahora es ella la que reclama. Había disfrutado el milagro de tener algo en su mesa cuando alrededor todo era devastación, pero su fe tambalea ante la muerte de su hijo: “¿Es que has venido a mí para hacer morir a mi hijo?" (vers. 18). Esta pregunta expresa desilusión, un momento sin fe, la imposibilidad de entender el porqué.

¿No está acaso representado en el clamor de la viuda el de muchas mujeres de nuestros días? ¡Cuántas madres deben dar a sus hijos en adopción por no tener cómo alimentarlos! Muchas veces, el amor que no se agota tiene que soportar los estragos de la miseria, y la vida se acaba porque no hay pan.

Pero la resurrección tiene la última palabra. El profeta, que ha recibido el sustento del pan de manos de la viuda, ahora se dispone a actuar y a pedir la intervención de Dios (vers. 19-21).

Quien se ha sabido hospedado en la casa y en el corazón de otro está llamado a velar por la vida de quien lo ha recibido. “Hospitalidad”, “Solidaridad” y “Protección de la vida” son los nuevos nombres de una iglesia que quiere realizar el ministerio de la compasión.

La resurrección del niño es un anticipo de la resurrección de los justos al fin del tiempo. Servimos a un Dios poderoso. No lo servimos porque tenga poder para resucitarnos, sino porque lo amamos en las personas más necesitadas de este mundo.

Milagros estará entre la multitud que escuchará estas palabras: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mi” (Mateo 25:34-36).-FB