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Adulterio en casa del profeta - 2

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Ve, ama a una mujer amada de su compañero, aunque adúltera. Oseas 3:1.

GOMER

Cuando amas verdaderamente y eres rechazada, tu corazón queda herido.

El sol no puede disipar las tinieblas, y la oscuridad resulta tan amarga como la muerte. Es triste perder a un ser amado a causa de la muerte, pero el dolor de un amor no correspondido puede ser más lacerante. Los amigos pueden defraudarnos, pero el rechazo del ser más amado tiene un carácter intensamente privado. Mil rostros no pueden reemplazar al de la persona amada.

Enamorarse es parte de nuestra naturaleza humana. Enamorarse es sentir cierta “química” misteriosa que hace latir el corazón al unísono con el del ser amado. Este “tic-tac” afianza la relación, que crece y madura. En nuestra historia, seguramente fue Oseas quien dio el primer paso y enamoró y conquistó a Gomer, y luego ella respondió sinceramente al amor del profeta. Su dolor consistió en darse cuenta de que en otro tiempo ella lo había querido verdaderamente. Uno no siente dolor cuando otra persona pierde un miembro de su cuerpo, pero sí sufrimos cuando se trata de nuestro propio cuerpo.

Oseas y Gomer se habían casado, se habían unido, eran una sola carne. Pero, entonces, el amor de Gomer se corrompió. Es ahora cuando pareciera que el amor no alcanza. Al menos eso es lo que dice una persona en crisis.

Dios analiza nuestras almas como con rayos X. Él vio lo que Oseas no podía ver en la mujer que cortejaba: durmiendo en el corazón de aquella hermosa joven de la que caería enamorado, estaba la prostituta que llegaría a ser después. Probablemente ella tampoco se apercibió de lo que había en su interior. El pecado que fructifica mañana, hoy es una semilla de deseo que todavía no ha “concebido" en nosotros, que permanece oculta a los ojos de los demás, y quizá también a los nuestros, hasta que, una vez que germina, engendra el fruto de la muerte.

Pero el amor sí alcanza. Otra fue la perspectiva de Gomer cuando se vio pobre, miserable, desnuda, sin afecto, sola. Entonces sí descubrió cuánto poder había en el amor de su esposo.

Así también nos ocurre con Jesús: cuando nos sentimos miserables, más apreciamos su amor por nosotras. — FB