Regresar

El primer suplicio

Matutina para Android

Play/Pause Stop
La mujer que teme a Jehová, esa será alabada. Proverbios 31:30.

MUJER VALDENSE

¿Qué podía yo rescatar de la historia de la mujer valdense en aquella visita que hicimos con mi esposo al museo de Torre Pellice, Italia, hace unos años? Ese pequeño edificio, que contrasta por su rusticidad y modestia con la opulencia del Museo Vaticano, encerraba el secreto de mi origen y destino.

Durante la Antigüedad y la Edad Media, la mujer no tuvo mayor participación en la vida pública y religiosa de Europa. Circunscripta a su hogar o al convento, la mujer enmudecía. Procuró pasar inadvertida, se movía en puntas de pie para no hacerse notar en las cortes y en la iglesia, donde los hombres del poder dirimían los asuntos públicos y eclesiásticos. Sin embargo, a partir del siglo XII irrumpe una nueva forma de integración entre la mujer y el hombre. En una serie de movimientos populares de renovación, hombres y mujeres valdenses viajaban juntos, de pueblo en pueblo, entre las escarpadas montañas de los Alpes, para predicar el evangelio. Renunciando “al mundo”, y rebelándose contra todas las formas de dominación de Roma, las mujeres valdenses vieron en la vida de Cristo y de los apóstoles un modelo a seguir. La antorcha de la fe iluminó su camino... y encendió el fuego de la persecución y el martirio.

Todo esto fue demasiado peligroso para Roma. La predicación pública de la Palabra de Dios por parte de los laicos ya era un cuestionamiento tácito al clero católico. ¡Pero que las mujeres predicaran era inadmisible! Estos grupos rebeldes debían volver a la segregación por el género.

La historia oficial dejó un registro casi indeleble que leí en un documento del museo: “El primer suplicio que se recuerda es el de una mujer, acusada de valdesía y quemada viva en Pinerolo en 1312”. ¿Cómo se llamaba esta mujer? No lo sabemos. ¡Cuán poca información dejaron los inquisidores!

A finales del siglo XIX, mi abuelo y sus padres dejaron los valles valdenses del Piamonte para mudarse a un pequeño pueblo de Uruguay, que con el tiempo fue llamado Colonia Valdense. Allí nací. Ellos emigraron a un país de paz. Habían sufrido siglos de persecución y muerte por el solo “pecado” de haber querido mantener viva la fe de los apóstoles. Ellos me enseñaron la “valdesía”, es decir, la libertad de conciencia, la dignidad de ser mujer, y el derecho a defender esa dignidad que da la Palabra de Dios. —FB