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La más hermosa del reino

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Buscaron, pues, una joven hermosa por toda la tierra de Israel; encontraron a Abisag, la sunamita, y la llevaron al rey. 1 Reyes 1:3 (RV95).

ABISAG

El arquetipo de la belleza femenina puede variar tanto como personas hay en el mundo, pero ¿quién imaginaría que la belleza puede volverse en contra de su poseedora? Más de una hermosa mujer no ha sabido emplear sabiamente este codiciado don y, muchas veces, se debe a que sus padres no le enseñaron a administrarlo.

Elena G. de White dirige una amonestación a dos señoritas cristianas que eran algo así como dos sunamitas, “las más guapas del reino". En esta carta habla sobre el peligro de confiar en la belleza externa (ver 2TI, 157-166).

Las chicas habían sido criadas por unos padres que mostraron un amor no santificado por ellas, que rayaba en la idolatría, y eso les impedía ver sus defectos. Cuando alguien traía un informe negativo de su conducta, ellos lo desestimaban y se sentían ofendidos. Por el contrario, si las muchachas percibían que se había cometido una injusticia con ellas, los padres simpatizaban con sus sentimientos y actuaban en consecuencia. El resultado fue que en ambas señoritas creció el amor propio y el orgullo, lo que se reflejaba en su trato déspota hacia los demás, así como en su esmerado arreglo en el vestir y en la apariencia. La señora White les dijo enfáticamente que “su apariencia, su buen aspecto, su vestido, no las congraciarán con Dios. Lo que el gran Yo Soy nota es la valía moral. No hay verdadera belleza ni en la persona ni en el carácter aparte de Cristo; no hay verdadera perfección ni en los modales ni en la conducta sin las gracias santificadoras del espíritu de humildad, simpatía y verdadera santidad... El atavío costoso, el adorno exterior, los atractivos personales, se pierden en la insignificancia si se los compara con este valioso logro: un espíritu afable y apacible” —2TI, 158, 159.

Lo más valioso de una mujer es su carácter y su capacidad para enfrentar las batallas de la vida. Hoy pide a Dios que te libre del autoengaño de la justicia propia y el orgullo, y que te ayude a asimilar el mensaje del Sabio: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, esa será alabada” (Proverbios 31:30). —GM