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Liderazgo espiritual

Matutina para Android

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En mano de mujer venderá Jehová a Sísara. Jueces 4:9.

DÉBORA

Debido a su idolatría, los israelitas se habían separado de Dios, y eran gravemente oprimidos por sus enemigos. Las propiedades, y aun las vidas corrían peligro constante. Las aldeas y las casas aisladas fueron abandonadas, y el pueblo se congregó en las ciudades fortificadas. Los caminos estaban desiertos y la gente se movía de lugar en lugar por senderos no frecuentados. En los pozos, muchos eran asaltados, otros asesinados. Para empeorar las cosas, los israelitas no estaban armados. Entre cuarenta mil hombres, no se encontraba ni una espada ni una lanza.

Durante veinte años, los israelitas gimieron bajo el yugo opresor. Entonces se volvieron de su idolatría, y con humildad y arrepentimiento clamaron a Dios por su liberación. Y no clamaron en vano. En ese tiempo moraba en Israel una ilustre mujer conocida por su piedad, Débora, y por su medio, Dios eligió liberar a su pueblo. Era conocida como profetisa, y en ausencia de los magistrados regulares, la gente le pedía consejo y justicia.

El Señor comunicó a Débora su propósito de destruir a los enemigos de Israel. Se le ordenó buscar a un hombre llamado Barac, de la tribu de Neftalí, y darle las instrucciones que había recibido. Barac debía reunir diez mil hombres de las tribus de Neftalí y Zabulón, e ir a la guerra contra los ejércitos del rey Jabín...

Animado por las palabras de Débora de que el día de una gran victoria había llegado, Barac dirigió su ejército hacia la llanura y cargó con bravura sobre el enemigo. El Dios de la batalla peleó por Israel, y ni la habilidad guerrera, ni la superioridad numérica, ni las mejores armas, pudieron resistirlos...

Débora celebró el triunfo de Israel con un canto sublime y apasionado. En él, le dio a Dios toda la gloria por su liberación, y llamó al pueblo a alabarlo por sus maravillosas obras. Alertó a los reyes y príncipes de las naciones vecinas acerca de lo que había hecho Dios por su pueblo, y los previno de no intentar dañarlos. Mostró que el honor y el poder pertenecen a Dios, y no a los hombres o a sus ídolos. Recordó las majestuosas manifestaciones del poder divino en el Sinaí. Con lenguaje exuberante, comparó la indefensa y angustiante condición de Israel bajo la opresión de sus enemigos, con la gloriosa historia de su liberación.-Elena G. de White, HD, 35-37