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La temeridad de la fe

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Si tocare solamente su manto, seré salva. Mateo 9:21.

LA MUJER QUE TOCÓ EL MANTO DE JESÚS

La mujer que tocó el manto de Jesús llevaba años gastando su dinero en médicos, pero ninguno lograba detener la hemorragia que drenaba su vida. Doce años de sufrimiento, siempre anhelando que un nuevo tratamiento la ayudara, pero nada. Iba de mal en peor.

Un día vio pasar a Jesús entre una multitud de gente y pensó que si lograra tocar apenas el borde de su manto, quedaría sana. Era su oportunidad, tal vez la única. De fallarle la fe y el valor ahora, no habría más esperanza.

Acercándose sigilosamente, extendió la mano y tocó el borde del manto del Señor. Mateo nos dice que Jesús se dio vuelta y, viéndola, le dijo: “¡Ánimo, hija! Tu fe te ha sanado” (Mateo 9:22, RV00), y cesó el flujo de sangre. Marcos, por su parte, registra que Jesús preguntó quién lo había tocado. La turba lo tocaba a cada paso, pero este toque suscitó virtud sanadora. Llena de temor, la mujer se dio a conocer y le contó todo al Señor (ver Marcos 5:30-33). Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha sanado. Ve en paz, y queda sana de tu enfermedad” (vers. 34).

De esta narración se desprenden múltiples lecciones. Por una parte, nos invita a acercarnos a Jesús con cualquier carga. Pero, tal como se dice en Santiago 1:6: “Pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra”. Esa mano que se extendió sigilosamente hacia el borde del manto de Jesús estaba cargada de fe. Ella sabía que con solo tocar el manto quedaría sana. Hebreos 11:1 nos recuerda que la fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Esa fe impregnó esa mano para que al tocar el manto, se realizara lo que ella tanto anhelaba.

Así opera la fe en nuestras vidas. Extendemos la mano de fe hacia arriba, confiando en que Dios contestará. La fe requiere valentía espiritual que no permite que la duda obstruya el poder divino, y ese poder vivifica todo el ser. La vida de fe de esta mujer se transformó para siempre, pues había experimentado el alcance del poder divino cuando se le abre la puerta de la voluntad. -LMG