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La bella, la bestia y el príncipe - 3

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Y levantándose luego Abigail con cinco doncellas que le servían, montó en un asno y siguió a los mensajeros de David, y fue su mujer. 1 Samuel 25:42.

ABIGAIL

Ante las palabras de paz de Abigail, David bajó la cabeza como un niño pillado en una travesura, dio media vuelta y ordenó la retirada. El campo se sumió en una paz insondable. Solo el balar de las ovejas a la distancia y el jadear de los hombres cansados que cargaban los víveres interrumpía el silencio.

Abigail volvió a su casa, pero no habló con su marido. En ese momento, decirle el peligro del que lo había salvado sería una necedad, porque el hombre estaba rodeado de botijas de vino, dándose un atracón. Si no entendía razones estando sobrio, menos estando ebrio. “Él tenía banquete en su casa como banquete de rey; y el corazón de Nabal estaba alegre, y estaba completamente ebrio” (1 Samuel 25:36).

La sabia mujer esperó a que amainaran los efectos del hartazgo y la borrachera, y entonces habló con su marido: “Por la mañana, cuando ya a Nabal se le habían pasado los efectos del vino, le refirió su mujer estas cosas; y desmayó su corazón en él, y se quedó como una piedra. Y diez días después, Jehová hirió a Nabal, y murió” (vers. 37, 38).

Cuando David supo la noticia, se acordó de las palabras de Abigail, allá en la ladera del monte de Maón: “Cuando Jehová haga bien a mi señor, acuérdate de tu sierva” (vers. 31). De inmediato, mandó traer a Abigail, y la tomó en matrimonio.

Así, la bella que durante muchos años fue cautiva de la bestia, cristalizó sus sueños y se rindió al arrullo de la voz amorosa del príncipe de Dios.

¿Tienes un esposo como Nabal y quieres que sea como David? Sé como Abigail. Si lo logras, junto con el Espíritu Santo habrás realizado una obra maestra en tu marido; si no lo logras, junto con el Espíritu Santo habrás realizado una obra maestra en ti. -LC