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Mujer de fe

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Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán. Isaías 40:31.

CATALINA

Muchas damas se llaman Catalina, pero para mí es un nombre muy especial porque así se llamaba la mujer que me trajo al mundo, la heroína de mi vida, la que con su ejemplo y amor me llevó a los pies de Jesús.

Catalina era de corta estatura pero gigantesca en fe. Perdió a su madre a los 4 años de edad, a su padre a los 14, y a su única hermana a los 15. La tía que las crió enfermó de parálisis a los 40 años y Catalina tuvo que cuidarla hasta que murió. A los 19 años unió su vida a mi padre, y entonces inició otra etapa de sufrimiento. Él era celoso, violento y controlador. Le prohibió ir a la iglesia y la separó de su familia. A pesar de todo, su rostro jamás reflejó amargura, porque decía que Jesús la llevaba de la mano. En medio de las pruebas, cantaba y amaba a sus nueve hijos, de los que soy la octava. Todos éramos como un tesoro para ella. Nos rodeaba de cariño y abnegación.

Mi hermano Francisco se quebró el cráneo en un accidente y luego contrajo meningitis. Los médicos dijeron que no sobreviviría la noche. Mi madre le ordenó a mi padre que sacara todos los ídolos que tenía en la casa y que los quemara, porque necesitaba hacer una petición especial a Dios y no quería interferencia. Mi papá lo hizo, y mi madre pasó arrodillada toda la noche bajo un naranjal, pidiendo al Señor sanidad para su hijo. Cuando pintaba el alba, entró en la casa y dijo con certeza: “Voy al hospital a buscar a Francisco”. Yo fui con ella. Tenía solo siete años de edad, y no comprendía lo que estaba pasando, pero nunca olvidaré el ir y venir de los médicos y enfermeras, asombrados: ¡Mi hermano estaba bien! Las radiografías de ese día mostraban un cráneo completamente sano; las comparaban con las del día anterior y no hallaban explicación alguna.

-¿A qué santo le pidió, señora Catalina? —le preguntó un médico.

-Al único Dios del cielo, que reparó el cerebro de mi hijo -contestó Catalina con el rostro iluminado.

“No te dejaré hasta que me bendigas”, fue la plegaria de mi madre toda esa noche. -RC