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Niña discriminada

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Sembrad para vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia; haced para vosotros barbecho, porque es tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga y os enseñe justicia. Oseas 10:12.

BACILIA

Nací y crecí en Guatemala, la tierra de Rigoberta Menchú, que en 1992 TV ganó el Premio Nobel de la Paz por defender los derechos humanos de los indígenas.

Los “indios”, como despectivamente se llamaba a los aborígenes mayas, cultivaban la tierra y vendían en el mercado sus cosechas frescas a precios mucho más bajos que los de los supermercados. Si los vendedores no querían rebajar el precio, algunos “ladinos”, como los indígenas llamaban a los blancos, los insultaban, les arrojaban el dinero y se llevaban la fruta al precio que ellos querían. A los indígenas se los consideraba menos inteligentes que los "ladinos”, y cuando un niño blanco era rebelde o terco, le decían: “¡No seas indio!".

Cuando cursaba el tercer grado de primaria, había una indiecita en mi clase llamada Bacilia, que tenía tres años en el mismo grado. Decía que por ser indígena, “su mente no le daba”. Creía que era menos capaz que las demás. No podía resolver los problemas de matemáticas más sencillos ni comprender la gramática. Vestía ropajes coloridos, típicos de los mayas, que tejían y bordaban sus propios textiles. La mayoría de las niñas de la clase no la tomaban en cuenta y en los recreos pasaba sola.

Una vez, me acerqué a Bacilia y le pregunté por qué no quería jugar con el grupo. Me contestó resentida: “¡Porque soy india y ustedes no me quieren!". Tuve el impulso de abrazarla y decirle que yo sí la quería y que Jesús ama a todos los niños por igual, pero no lo hice por temor a perder popularidad entre mis amigas. Cuando llegué al sexto grado, Bacilia todavía estaba estancada en el tercer grado.

Si pudiera retroceder al pasado, no vacilaría en brindarle mi amistad a una niña discriminada. Quizá mi aceptación habría ayudado a Bacilia a vencer el complejo que la sociedad le había inculcado; tal vez un poquito de amor de mi parte hubiese sido suficiente para motivarla a ganar el grado, y más tarde obtener una preparación académica, pero no lo hice. Contemporicé con los demás. A los nueve años dejé escapar la oportunidad de ayudar y testificar por Jesús en la vida de Bacilia. —RC