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El hambre

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Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre. Juan 6:51 (RV95).

NIÑA SIN PADRES

El pecado fragmentó nuestra identidad. Por dentro somos como un rompecabezas que nadie logra armar.

Cuando Adán y Eva pecaron, su caída provocó en el corazón humano el hambre psicológica, la sensación de que algo nos falta y la compulsión a buscar sustitutos humanos para lo perdido. Terminamos comiendo lo que no es pan, y cargando a nuestros semejantes con la tarea imposible de tomar el lugar que le corresponde a Dios y convertirse así en fuentes inagotables de bendición para nosotros. El resultado es que los demás, que también andan con hambre, en busca de lo mismo, se resienten ante nuestras exigencias, y nuestras relaciones sufren las consecuencias.

Hace poco vi en la televisión una pareja que andaba por las llanuras de África, aventurando sin provisiones. Habían pasado un par de días sin comer, y cuando sus ojos nublados vieron excremento fresco de elefante, ambos se lanzaron a comer. Los deportistas que sobrevivieron el accidente aéreo en la cordillera nevada de los Andes, se comían la carne congelada de los que iban muriendo. El hambre física puede llevar a los extremos. El hambre emocional también. Entrevisté a una joven que había sido expulsada de varias escuelas por su conducta violenta y agresiva. Había estado en diez casas de refugio, pues sus padres estaban en la cárcel y nunca la quisieron. “Siento hambre de cariño, pero nadie la puede mitigar, y eso me irrita y me lleva a pelear. Odio a mis compañeros que tienen padres”.

¿Qué consejo podía dar a la desafiante joven que me veía con odio y desconfianza? El consejo lo reemplacé con una pregunta:

-¿Me dejas darte un abrazo? — Con lágrimas en los ojos, me contestó

-¿En serio? Es lo que siempre he deseado, que alguien me abrace. Me han llevado a muchos consejeros y no pongo atención a sus consejos, porque todos dicen lo mismo y quedo igual. ¡Abráceme, por favor, y no me suelte hasta que le diga!

La chica lloró en mis brazos durante más de cinco minutos. Luego, al desprenderse, me dijo:

--¿Cuándo puedo volver a verla?

¡Es asombroso como un simple abrazo puede mitigar el hambre emocional de una persona! Jesús es nuestro Pan vivo que provee el pan material y mitiga el hambre emocional y espiritual. -RC