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VIRTUOSA

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Por el fruto se conoce el árbol. Mateo 12:33.

DÉBORA

Hace años, un pastor que fue invitado a predicar en mi iglesia ilustró su prédica diciendo que una vez él plantó calabacitas, pero que después de un esmerado cultivo esas matas de zapallo dieron naranjas.

Débora debe haber tenido ciertas características que la hacían sobresalir por sobre el común de la población; por eso juzgaba a Israel y la gente iba a pedirle consejo. La historia de Débora se entreteje con la del antiguo Israel. Era ella quien gobernaba a este pueblo oprimido por los cananeos. Ella trabajaba en un lugar insólito: “Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot; y acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Bet-el, en el monte de Efraín” (Jueces 4:4, 5). La gente sabía que allí hallaba justicia y consejo. Era un lugar inusual para un despacho, pero también fácil de encontrar.

La fama de esta mujer no se debió a su belleza, sus posesiones o alguna otra cosa por la que el mundo valora hoy a las personas. Su fama se debía a su fuerte relación con el Señor, lo que la hacía sabia, fidedigna, veraz, elocuente y decidida. ¿Y cómo sabemos esto? Porque en Jueces 4 leemos que “los hijos de Israel subían a ella a juicio" (vers. 5) La Biblia de Jerusalén traduce esta frase como “los israelitas subían donde ella en busca de justicia”, lo que indica sus cualidades.

Gálatas 5:22 y 23 habla del fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Débora tenía este fruto. El Espíritu de Dios llenaba su corazón, por ello atraía a la gente. El mundo nos observa. Permite que tu relación con Cristo sea tal que tu vida testifique como testificó la de Débora, y que el fruto de tu vida, tus esfuerzos, tu ejemplo e influencia, ¡sea dulce como la naranja! -AR