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Amor de madre

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Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no te tardes. Salmo 40:17.

RIZPA

Parece que la estoy viendo, vigilando, sobre una cumbre pedregosa de Israel. Sola, en los días más oscuros de su vida, cumpliendo un cometido que nadie, en su sano juicio, quisiera cumplir. Sus hijos han sido muertos, y ella vela junto a sus cuerpos colgados, para evitar que las aves de rapiña y las fieras los despedacen. Lo hace a costa de su propia vida (ver 2 Samuel 21:3-10).

Denso es el aire viciado que rodea la cumbre, tan denso que cuesta respirar, y las lágrimas se atascan en la garganta. Pero en medio de esta escena desgarradora, ella resalta por su amor de madre. Rizpa es su nombre. Ella entiende el verdadero significado del don de la maternidad. Sabe que aunque sus hijos estén muertos, siguen siendo sus hijos, y el compromiso que asumió al parirlos aún permanece. ¡Qué valor! ¡Qué entereza en medio de la angustia! ¡Qué fidelidad! Pero por sobre todas las cosas, ¡qué gran amor!

¿Qué decirle a esta mujer cuyo corazón le fue arrancado del pecho? ¿Cómo hablarle del mañana si acababa de perderlo? ¿Cómo devolverle la esperanza?

La ley de la vida dice que los hijos han de enterrar a sus padres, pero no siempre es así. Tal vez sabes de alguien que enterró a un hijo, o tal vez tú misma has transitado por esa senda de dolor y sientes que nadie te puede entender.

Recuerdo a una dama que acababa de enviudar. Otra se acercó a querer consolarla, y entre sollozos la doliente replicó que sus palabras eran inútiles si no había pasado por la misma experiencia. Pero un rayo de esperanza iluminó su corazón en penumbras cuando la otra dama le dijo que ella había sufrido una pérdida semejante. Por supuesto, el dolor es personal, pero la solidaridad cuenta.

Hay Alguien que entiende mejor que nadie lo que significa perder un hijo: Dios. El permitió que su Hijo amado viniera a sufrir y a morir por nosotros. Cuando lo vio crucificado, su corazón sintió dolor, se conmovió, se desgarró. Él sabe lo que sientes. Él entiende tu angustia, tu pesar, tu llanto. Él lo vivió primero. Por eso es tu mejor Consejero. -AR