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El vendedor inesperado

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Den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús. 1 Tesalonicenses 5:18, NVI.

Cuando mi esposa y yo llegamos a Johannesburgo, Sudáfrica, descubrimos con horror que la empresa de alquiler no tenía el automóvil que yo había reservado para nuestra vacación de dos semanas. En cambio, recibimos un auto diferente que ni siquiera tenía aire acondicionado. Al principio pensé que era algo muy grave y que iba a morir, porque a medida que nos adentrábamos más y más en el monte africano, se ponía más caluroso el ambiente.

Pronto dejamos atrás la ciudad y manejamos hacia Gaborone, Botswana. Desde Gaborone tendríamos un trayecto de catorce horas hacia el norte, para llegar al Parque Nacional de Chobe, en el desierto del Kalahari. Sería nuestro primer safari. Hubo trayectos durante el camino en que no veíamos ningún otro vehículo en horas. Era increíblemente desolado. Durante uno de esos largos tramos, a la distancia vi a un lugareño sentado sobre un tronco, al costado de la ruta. Al acercarme, el hombre se puso en pie, levantó una sandía del suelo y se acercó al camino. Luego levantó la sandía sobre su cabeza y la sostuvo con orgullo, esperando que me detuviera a comprarla. No paramos por la sandía porque no teníamos como cortarla ni prepararla, pero luego de alejarme deseé haber parado a comprarla. Me pregunté cuántas horas se sentaba ese hombre allí, cada día, bajo el sol ardiente, esperando que un automóvil pasara para poder vender esa sandía y obtener un par de dólares.

Me sentí mal por no haberme detenido, y me sentí avergonzado por haberme enojado al no obtener un auto con aire acondicionado. Ese día mi actitud cambió. ¿Alguna vez te pones de mal humor porque no tienes algo que quieres? ¡Detente y agradece todas las cosas maravillosas que Dios te ha dado!