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La ciudad que desapareció

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Pero el Señor es fiel, y él los fortalecerá y los protegerá del maligno. 2 Tesalonicenses 3:3, NVI.

Hace unos años, mis padres tomaron un avión desde California hasta Michigan para visitarnos a mí y a mi familia; algo que no solía suceder muy a menudo. Generalmente éramos nosotros quienes viajábamos a California para visitarlos a ellos. En esta ocasión, fui bendecido con dos semanas maravillosas con mis padres en mi casa. Hicimos un montón de cosas juntos. Una de sus actividades preferidas es mirar a mis hijos jugar al fútbol en su liga infantil. Cada tardecita, de lunes a jueves, uno de mis hijos tenía algún partido. Poníamos las sillas en el maletero y nos dirigíamos a la cancha para vitorear y apoyar a los chicos.

Uno de los días decidimos hacer un corto viaje a un pueblo cercano llamado Saugatuck, ubicado cerca del Lago Michigan. Íbamos a una excursión en la que te ponen en una camioneta descapotable y te pasean por las imponentes dunas de arena, de donde se pueden apreciar unas vistas asombrosas del lago. ¡Fue muy divertido! Una de las paradas de nuestro recorrido incluía un pueblo fantasma llamado Singapore. En 1871, tres grandes incendios consumieron tres ciudades cercanas. Para reconstruir esas ciudades, se talaron miles de árboles que rodeaban el pueblo de Singapore. Como la cubierta protectora de árboles había desaparecido, los vientos y la arena del Lago Michigan azotaron el pueblo y lo dejaron en la ruina. En solo cuatro años, todo el pueblo de Singapore desapareció. ¡Fue enterrado por la arena!

Satanás quiere enterrarte con tentaciones y pecados, pero Dios te ofrece seguridad y protección. A veces preferimos hacer lo que nosotros queremos y seguir nuestro propio camino, y como sucedió cuando talaron los árboles que rodeaban Singapore, a Dios se le dificulta protegernos cuando nos ponemos a sabiendas en una situación peligrosa. Mientras rogamos la protección de Dios, debemos alejarnos de las tentaciones. Esa es la parte que nos corresponde para vivir seguros.