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El cruce continental

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Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante! Eclesiastés 4:10, NVI.

Mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad Andrews, en Michigan, cada Navidad y cada verano tenía que encontrar la manera de volver a California, donde vivían mis padres. Casi siempre iba en avión. Cuatro veces manejé más de treinta horas hasta mi casa. Tres de esas veces lo hice solo, y una vez decidí viajar en autobús. Era más barato que tomar un avión, pero era una manera incómoda de viajar, ya que tenía que dormir un par de noches en el autobús. A veces tenía que levantarme en plena noche para permitir que la persona sentada a mi lado subiera o bajara del autobús.

Un año tuve la oportunidad de viajar a casa en tren. Tenía un amigo en Andrews que vivía en Fresno, a solo una hora de viaje de la casa de mis padres. Cuando le pregunté cómo iría a su casa ese verano, me dijo que iba a tomar el tren. Me parecía interesante, así que decidimos hacer el viaje juntos. Sus padres ya le habían comprado un boleto en primera clase, por lo que tendría un compartimento completo para él, así que decidimos compartirlo. Desde Michigan, tomamos un tren a Chicago, donde abordamos otro tren que nos llevaría hasta Los Ángeles. Nuestro compartimento era para cuatro personas, y como éramos solo dos, teníamos lugar de sobra. Había una gran ventanilla que nos permitía mirar hacia afuera, una mesa que se plegaba, y camas que podíamos desplegar por la noche. Aunque tardamos dos días en llegar, ese fue el viaje más memorable de todos los que hice a mi casa durante los años universitarios.

El viaje de la vida es valioso por las amistades que hacemos en el camino. Cuando tienes un día difícil, hay un amigo para ayudarte a sobrellevarlo. Y cuando tu amigo cae, tú puedes ayudarlo a levantarse. Nunca menosprecies la amistad, pues ¡las amistades son una bendición de Dios!