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Confianza de seiscientos metros

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Porque él ordenará que sus ángeles te cuiden en todos tus caminos. Salmo 91:11, NVI.

Durante mi etapa universitaria, pasé un año viviendo y estudiando francés en Collonges-sous-Salève, en la frontera de Francia con Suiza, cerca de Ginebra. Justo detrás del colegio hay una enorme montaña de piedra llamada Salève. Cada mañana del año académico, al ir caminando a clases, admiré esa enorme pared rocosa, y me sentí agradecido por tener la oportunidad de estudiar allí. Por supuesto, una de las mejores cosas de estudiar en Francia fue la oportunidad de hacer nuevos amigos de distintas partes del mundo, con distintos trasfondos culturales y perspectivas de la vida. Luego de las primeras semanas, ya tenía nuevos amigos franceses, y me invitaron a participar en una pequeña actividad aventurera.

Un domingo de mañana decidimos escalar hasta la cima de Salève, detrás de la escuela. Luego de una caminata vigorosa, llegamos a lo alto de esta enorme pared rocosa con vista al campus y a la ciudad de Ginebra a la distancia. ¡La vista era espectacular! Durante los siguientes minutos, nos escabullimos entre las piedras hasta el mismo borde del precipicio. Luego me dieron un arnés para ponerme: pretendíamos bajar la pared rocosa por medio de la técnica de rapel. Practicar rapel incluye ponerse un arnés y atarlo a una línea de soga; luego, retroceder por el borde de un acantilado y, lentamente, ir soltando la soga, permitiendo el descenso por la cara rocosa de la montaña.

Mientras me preparaba para bajar el acantilado, elevé una rápida oración, con la esperanza de que mi ángel guardián supiera cómo trepar rocas. Solo estaba bromeando conmigo mismo, pero a veces hago eso cuando estoy nervioso. Sabía que los ángeles de Dios siempre están a mi alrededor, ¡y eso me infundía consuelo y valor mientras bajaba por la cara de ese enorme precipicio!