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Ciencia poco científica

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Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. Génesis 1:1, NVI.

Cuando era niño, visitamos Washington D.C. un par de veces. Me encantaba visitar los museos Smithsonianos; mi preferido era el Museo Nacional del Aire y del Espacio, que contiene exhibiciones y muestras de la historia de la aviación. Otro preferido mío era el Museo de Historia Natural, con exhibiciones de animales interesantes y poco conocidos, salas llenas de hermosos minerales, lugares donde aprender sobre las diferentes culturas y una zona completa dedicada a los dinosaurios. De niño, no pasaba demasiado tiempo leyendo los pequeños carteles de cada exhibición. Solo quería corretear por el lugar y ver todo lo que había en el museo.

Casi cuarenta años después, volví con mis hijos para ver todos esos museos magníficos que recordaba. Esta vez estaba mucho más interesado en leer los letreros de información y aprender sobre tantas cosas asombrosas. Todo era fascinante hasta que fuimos al Museo de Historia Natural. Mientras lo recorría, me asombró la referencia constante a la evolución como explicación única y objetiva de nuestro pasado. La evolución es una teoría que intenta explicar cómo surgió el universo sin un Creador. En otras palabras, es la idea de que millones de criaturas y formas de vida complejas se desarrollaron por sí mismas durante miles de millones de años.

Enseñar que todo surgió de la nada no es científico. La definición de ciencia es el conocimiento obtenido mediante la observación, pero nunca en la historia se ha probado mediante experimentos u observación que de la nada puede surgir el todo, o que se puede crear algo a partir de nada. Más bien, la ciencia nos muestra que el mundo natural que nos rodea está lleno de diseños increíblemente complejos. La Biblia ofrece la mejor explicación: en el principio el Creador creó los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos.