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Mohammed, el muchacho de la goofa

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Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros. Hechos 15:8, RV60.

Después de graduarme en la universidad, tenía un par de meses libres antes de comenzar a trabajar, así que decidí ir a Jordania y participar de una excavación arqueológica de verano. El lugar donde estaríamos excavando nunca antes había sido excavado. Llegó nuestro equipo, y los arqueólogos asignaron los lugares donde excavaríamos. Crearon “cuadras” de unos tres metros cuadrados, donde excavaríamos cada día. Nuestro trabajo era excavar cuidadosamente en la tierra de nuestra cuadra, teniendo mucho cuidado de identificar cualquier cosa fuera de lo normal.

Contrataron algunos adolescentes para que pasaran el día ayudándonos a quitar la tierra de nuestra cuadra. La tierra se ponía en un recipiente llamado goofa, y nuestros ayudantes lugareños tomaban el recipiente y tiraban la tierra sobre una malla metálica. Sacudían la malla hasta que toda la tierra hubiera pasado. Hacíamos esto para asegurarnos de no perder ningún objeto importante durante la excavación. El muchacho de la goofa que me fue asignado se llamaba Mohamed, y aunque no podíamos entendernos, durante el curso del verano nos hicimos amigos. Es un poco extraño, considerando que nunca pudimos tener una conversación real. De vez en cuando venía el intérprete y traducía algunos comentarios entre nosotros, pero la mayor parte del tiempo solo bromeábamos, sonreíamos mucho, éramos amables, y nos sentábamos juntos en los recesos y a la hora de la merienda.

Comparto esta historia porque Mohammed era un musulmán devoto. ¿Será salvo Mohamed? Nadie lo sabe excepto Dios, porque Dios es el único que conoce lo que hay en el corazón de cada persona. No nos corresponde siquiera intentar adivinar si alguien será salvo o no. Dios sabe lo que hay en mi corazón, así como sabe lo que hay en el corazón de Mohamed. Nuestra tarea no es juzgar; es ser testigos al mundo.