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Oración inmadura - 2

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Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida. Jonás 4:3.

No se trata de ti.

Podemos imaginarnos al profeta Jonás sentado en la cima de un cerro frente a la ciudad, mirando con desprecio las casas y los edificios intactos que se extendían por todo el valle. Seguramente recordaba los textos sagrados que hablaban del fuego destructor que abatiera las ciudades impías de Sodoma y Gomorra (ver Gen. 19:24). Y esperaba ese fuego. Pero a medida que transcurría el tiempo y demoraba la llegada del infierno, su frustración aumentaba. La única respuesta que recibía era la sonrisa de un firmamento celeste y luminoso que hablaba de un Creador amoroso.

Entonces, el Señor, viendo la frustración y la indignidad de Jonás, decide dialogar con él. Comienza haciéndole preguntas reflexivas (Jon. 4:4, 9, 11), y usa el recurso pedagógico de una calabacera que crece en pocas horas y se seca al día siguiente (vers. 6-10). Pero nada logra aplacar la ira del profeta.

"¿Haces tú bien en enojarte tanto?", es la pregunta de Dios (vers. 4). El eco del tiempo instala esa misma pregunta en nuestro corazón. ¿Por qué nos enojamos cuando las cosas no salen como queremos? Dice el refrán: "Quien quiere acertar aguarda". El enojo no le permitía a Jonás aguardar el tiempo suficiente para saber cuál era la verdad en todo aquello que estaba pasando.

Todos los intentos de Dios por aplacar la ira del profeta y hacerlo razonar fracasaron. El diálogo queda inconcluso, y se desconoce la última respuesta del profeta. El texto nos deja con un Jonás que permanece hostil, rebelde, y con un arrogante y obstinado fastidio. Nos enseña algo que debió aprender el profeta: la salvación no se trata de Jonás, ni de ti ni de mí, sino de la gracia divina.

Nosotros podemos cambiar por impulsividad e inestabilidad, pero Dios cambia movido por un espíritu de misericordia y perdón. Hay un cambio de conducta que es propia de las personas inestables, como la de Jonás, y hay un cambio de pensamiento y de acción que resulta del principio del amor.

Si conocieras el fin desde el principio, no elegirías otro camino que el que Dios te hizo y te hace transitar.

Oración: Gracias, Señor, porque cambias por amor.