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Oración del hombre prudente

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Líbranos d el mal. Mateo 6:13.

¿Qué es el mal para ti?

Para Jesús, las debilidades y las miserias humanas no eran el mal. Precisamente por eso fue acusado de comer y andar con los pecadores (ver Mat. 9:10,11). Los mejores amigos de Jesús eran Marta, Lázaro y María; esta última, "una mujer de la noche", que vio en Jesús a su Salvador personal. El capítulo 4 del Evangelio de Juan registra un diálogo con otra "mujer impura", conocida como la samaritana. Juan 8 relata el encuentro de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio. Cuando los mismos religiosos que tentaban a la mujer la llevaron ante el Maestro, para entramparlo a él y apedrear a la mujer, Jesús comenzó a escribir en la tierra. El relato bíblico dice que "acusados por su conciencia, salían uno a uno" (vers. 9). Quedando solos, Jesús le preguntó a la mujer: "¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más" (vers. 10, 11). Este es uno de los textos más iluminadores del Nuevo Testamento acerca de la comprensión infinita del Maestro hacia la condición humana. Jesús veía en la miseria humana las consecuencias del mal en este mundo, no el mal en sí mismo.

A los creyentes nos gusta materializar y clasificar el mal. Pareciera que, al concretarlo en personas, hechos, conceptos y costumbres, lo ponemos fuera de nosotros. Apagamos la mirada que se dirige hacia nuestro interior y la dirigimos hacia el exterior. Nos sentimos más cómodos para controlar y perseguir a los que no hacen las cosas como nosotros las hacemos. Malinterpretada, la religión puede ser un tremendo instrumento de control y persecución.

El mal no es un hecho ni una persona humana, ni se agota en palabras ni se conjura con ritos. El mal es un poder superior al hombre. "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra [...] huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efe. 6:12).

Este es el marco cósmico de tus conflictos en tu diario vivir. ¡Pero Cristo puede darte la victoria (Fil. 4:13)!

Oración: Gracias, Señor, porque deshaces en mí "las obras del diablo" (1 Juan 3:8).