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Oración por salud

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Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Mateo 8:1, 2.

Los ruegos a Jesús que se registran en este capítulo son oraciones por salud y salvación que siempre ha elevado la humanidad. La necesidad humana no cambia con el paso del tiempo. Las oraciones, tampoco.

De las alturas del pensamiento y del espíritu, Jesús desciende a las profundidades de la miseria humana. Mientras que Mateo ubica la curación del leproso inmediatamente después del Sermón del Monte, Marcos y Lucas la ubican antes. ¿Por qué Mateo escribió el relato de este modo? El evangelista no estaba preocupado por el orden cronológico de los hechos ocurridos durante el ministerio de Jesús; más bien deseaba mostrarnos algo importante que ningún creyente debería perder de vista: el Rey fue a un monte, expuso su manifiesto, la ley del reino, y luego descendió del monte para aplicar en la realidad lo que expuso en el pensamiento. En Jesús convergieron en perfecta armonía el pensamiento y la realidad, los principios de vida y las acciones. Si queremos adecuar lo que decimos a lo que somos, debemos ir a Jesús. Él dijo: "Separados de mí nada podéis hacer" (Juan 15:5). En la Biblia, la lepra simboliza el pecado: enfermedad, en aquel entonces, fatal e incurable. Cuando el leproso se acercó a Jesús, no le preguntó "¿Me limpiarás?", o "¿Puedes limpiarme?" Aquel hombre tenía fe y reconocía la autoridad de Cristo. Por eso, simplemente dijo: "Si quieres, puedes limpiarme" (Mat. 8:2). Así debemos orar siempre: "Hágase tu voluntad" (Mat. 6:10).

No siempre coincide lo que le pides a Dios con su voluntad, pero es sumamente importante que des prioridad a la voluntad divina. Dios conoce lo mejor para ti, y todo se hará de acuerdo con su soberana voluntad. No es fácil confiar en Dios. Tú y yo oramos así: "Señor yo quiero tal cosa; ¿me la darás?" Pero el leproso dijo: "Señor, yo sé que tú puedes: ¿querrás hacerlo?" Y extendiendo Jesús la mano, lo tocó, diciendo: "Quiero; sé limpio". Y al instante quedó limpio de su lepra (ver Mat. 8:3).

Si yo hubiese tocado al leproso, me habría contagiado; pero Jesús no se contamina cuando entra en contacto con el pecado. ¡El toque de Jesús siempre sana!

Oración: Señor, toca mi corazón cada día.