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Oración de fe

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Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. YJesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Mateo 8:5-9.

Seguramente, aquel militar había oído de la curación del leproso. Un centurión romano, con alto cargo de autoridad, comandaba seis compañías de la legión imperial con cien hombres cada una, a quienes les impartía órdenes que obedecían sin pestañear. Pero ahora reconoció que estaba ante un poder superior: solo Jesús podía sanar a su siervo gravemente enfermo. "Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe" (Mat. 8:10).

Según el relato bíblico, Jesús se maravilló en dos ocasiones. Una de ellas fue a causa de la incredulidad de Israel y la otra fue esta, ante la fe del centurión: "Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos [...]. Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creiste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora" (vers. 11, 13).

El versículo 11 es impactante: así como ningún judío podía alegar que pertenecía al Reino por derecho de nacimiento en Israel, nadie puede alegar ahora que pertenece al Reino de Dios por ser miembro de iglesia, o pertenecer a una familia adventista de cuarta generación. Cada persona tiene que depositar su fe personal en Cristo, así como lo hizo el centurión romano.

Aunque aquel enfermo no estaba presente ante el Divino Sanador, la fe del centurión en el Señor hizo que aquel siervo sanara. Ayer vimos la curación del leproso por el toque de Jesús; hoy vemos un milagro realizado a distancia por el ruego intercesor de un hombre de fe. Orar por otros ejercita nuestra fe y la enriquece.

"Hay a vuestro alrededor aquellos que sufren desgracias, que necesitan palabras de simpatía, amor y ternura, y nuestras oraciones humildes y compasivas [...]. Cuando muera el yo, se despertará un deseo intenso por la salvación de otros [...] y súplicas fervientes, oraciones importunas, entrarán en el cielo a favor de las almas que perecen" {LO 246,247).

Oración: Señor, dame la fe del centurión.