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Oración de un demonio

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Los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos. Mateo 8:31.

Por la mañana, temprano, luego de la noche tormentosa, Jesús y sus discípulos llegaron a la tierra de los gadarenos, en la ribera opuesta a Galilea. El amanecer envolvía el mar y la tierra con un manto de luz apacible. Pero sus pies no habían pisado tierra cuando se sorprendieron con una escena más terrible que la furia de la tempestad: dos enajenados salían de las tumbas en dirección de Jesús, ¡para despedazarlo! Colgaban de sus cuerpos las cadenas que habían roto para escapar de sus prisiones y herir su carne contra las piedras filosas. El último vestigio de humanidad parecía borrarse por la acción de los demonios. Eran fieras, no hombres. Los discípulos huyeron aterrorizados; pero cuando vieron que Jesús no estaba con ellos volvieron para ver la escena que relata Mateo: el mismo Maestro que horas antes había calmado la tempestad ahora estaba levantando las manos para bendecir a los poseídos y reprender a los demonios.

El relato es estremecedor: las palabras de Jesús penetraron en las mentes oscuras de los desafortunados. Vagamente se dieron cuenta de que estaban cerca de alguien que podía salvarlos de los demonios. Entonces cayeron a sus pies para adorarlo; pero, cuando sus labios se abrieron para pedir misericordia, los demonios emitieron un sonido grave y cavernario que Mateo tradujo con las palabras de nuestra oración (ver DTG 304, 305).

Los endemoniados que vivían en el cementerio, entre los muertos, son un símbolo del que vive sin Cristo. Porque "el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida" (1 Juan 5:12). Estaban atados con cadenas, pero ni las cadenas podían controlarlos de su intención de herirse con las piedras. El mal nos esclaviza y nos destruye; solo Jesús nos libera y aquieta las aguas internas.

La aproximación de los endemoniados a Jesús expresa la contradicción del alma humana. Todos tenemos dentro un demonio que nos traiciona cuando queremos acercarnos a Dios. Con la boca le dices a Jesús "vete", pero con el corazón ruegas "¡quédate!" Cada día clamas en lo profundo de tu ser por su presencia. Porque Jesús es "el Deseado de todas las naciones" (Hag. 2:7). Él tiene poder sobre los demonios de tus pasiones, de tus rencores, de tus claudicaciones, de tu desesperación.

Oración: Señor, quédate conmigo.