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Oración triste

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Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.

Mateo 8:34.

Recuerdo su rostro vivaz, inteligente, con ojos sinceros y mirada plena de horizonte. La visité en su departamento de la calle Tucumán, en Buenos Aires, una tarde de viernes. "Pastor, si viene a convertirme, pierde el tiempo". Me lo dijo con mirada cómplice, como queriendo acertar mis verdaderas intenciones. Yo no había ido a visitarla para convertirla, sino para cumplir el deseo de un padre creyente preocupado por su hija. Él me había dicho: "Mi hija está dejando la fe. Ella estudia Letras, y como usted estudió Filosofía quizá pueda orientarla". La Filosofía no orienta, ¡más bien desorienta! Pero ella no estaba desorientada, sino muy convencida de lo que pensaba: "Pastor, hace ya un tiempo le dije a Jesús: Apártate de mí. Eres una carga. Desde entonces, soy libre".

¡Jesús puede llegar a ser, efectivamente, una carga insoportable!

Pasaron los años, y cuando viajé a Buenos Aires el año pasado, ella supo que yo estaría en la ciudad durante unos días y me llamó porque quería hablar conmigo. Los años habían pasado efectivamente para ella, y también para mí. Hay un consuelo fatuo ante el paso del tiempo: pasa para todos. Me dijo que no podía quejarse de su vida, aunque había padecido un divorcio. Ahora, con un hijo de seis años, veía la vida distinta, y se había despertado en ella una necesidad que le parecía extraña: quería volver a la fe. "¿No se habrá ido Jesús definitivamente?", me preguntó con cierta inquietud. Le sugerí que ella misma se lo preguntara. Pero le afirmé que Jesús jamás se va, que es muy tenaz, y no nos hace caso cuando le pedimos que se vaya.

Hace unos días recibí una llamada telefónica de ella. ¡Me dijo que tenía fecha de bautismo!

Jesús no les hizo caso a los habitantes de Gadara que lo expulsaron de su tierra. Dejó allí a un representante, el mismo que quería irse con Jesús, para que testificara de cuán grandes cosas hace Dios en los hombres (Mar. 5:19).

Puede que hayas ido siempre a la iglesia, pero que Jesús haya sido una carga para ti. Jesús no quiere ser tu carga, quiere llevar tu carga. Él jamás se va. El que se va siempre eres tú.

Oración: Gracias, Jesús, porque jamás me abandonas.