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Oración de convicción

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Vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. Mateo 9:18.

El capítulo 8 del Evangelio de Lucas nos da un marco más amplio de las circunstancias en que se inscribe nuestra oración. Jairo, un rabino principal de la sinagoga, le pidió a Jesús que fuera a su casa para sanar a su hija que se estaba muriendo. Al oír el ruego, Jesús fue con él. La casa del rabino no quedaba muy lejos, pero Jesús y sus compañeros avanzaban lentamente porque la muchedumbre los apretujaba por todos lados. La dilación impacientaba a Jairo, pero Jesús, compadeciéndose de la gente, se detenía de vez en cuando para prodigar una palabra de aliento a un acongojado o aliviar a algún doliente. Jesús se toma su tiempo, porque controla las circunstancias. El maneja el tiempo.

Mientras caminaba entre la multitud, una mujer que estaba enferma hacía doce años fue sanada al tocar el manto del Maestro. Nuestro texto es llamativo: la niña enferma tenía doce años, y la mujer enferma había sufrido de un flujo de sangre durante doce años. Así es la vida: doce años de luz y vida se estaban yendo de la vida de aquella niña, mientras que doce años de oscuridad se estaban yendo de la vida de la mujer. La vida es un claroscuro de contrastes entre la luz y las tinieblas. Pero Jesús siempre ilumina.

"Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro. Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva" (Luc. 8:49, 50).

Jesús sanó a la mujer sin tocarla, por el poder de su fe, y resucitó en medio de los incrédulos a la niña diciéndole: "Muchacha, levántate" (vers. 54).

Tu vida es un claroscuro de hechos contradictorios, de momentos de felicidad y de agonía, de días nublados y días soleados, pero "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb. 13:8). Én él no hay "sombra de variación" (Sant. 1:17). ¡Siempre puedes acudir a él!

¡Oh, Jesús, voy a ti con todos mis temores, mis dudas, mi ansiedad, mi tristeza, mi locura, mi vergüenza! ¡Siempre me escuchas!

Oración: Señor, en ti confío.