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Oración invisible - 1

Matutina para Android

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Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Mateo 9:20, 21.

¿Cómo tocas a Jesús?

Como vimos ayer, los hechos en los que se inscribe la oración de Mateo 9:21 ocurrieron mientras Jesús se dirigía a la casa de Jairo para resucitar a la hija de este alto funcionario de la sinagoga. Una pobre mujer que durante doce años llevó la condena de una enfermedad incurable tuvo un destello de esperanza cuando supo que Jesús sanaba enfermos. ¡Y que pasaría cerca de donde ella estaba! Tenía la seguridad de que, si podía tan solo hablar con él, sería sanada. Con debilidad y sufrimiento, se arrastró hasta la casa de Leví Mateo para hacer guardia, y seguir al Maestro cuando pasara por allí. Había empezado a desesperar, cuando de pronto vislumbró la gran oportunidad de ¡estar en la presencia del gran Médico! A causa de su condición, no podía llegar hasta Jesús, pero con temor de perder su única oportunidad se arrastró entre la multitud y se dijo: "Si tocare solamente su manto, seré salva" (vers. 21). Tocó al Médico divino, y sanó inmediatamente.

El Salvador puede distinguir el toque de la fe del contacto casual de la muchedumbre desprevenida. Como una fe tan poderosa no debía pasar sin comentario, Jesús insistió en saber quién lo había tocado (Mar. 5:30). Entonces, no pudiendo ya esconderse, con lágrimas de agradecimiento la mujer relató la historia de sus sufrimientos y cómo había hallado alivio. Jesús le dijo amablemente: "Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado" (Mat. 9:22).

La curación no se produjo mediante el contacto exterior con la túnica de Jesús, sino por medio de la fe interior, que se aferró al poder divino. La virtud no estaba en la túnica, sino en Jesús. La muchedumbre maravillada que se agolpaba en derredor de Cristo no sentía la manifestación del poder vital. Hablar de Jesús sin convicción, orar sin hambre ni fe viviente, es estar en la multitud, tocarlo desprevenidamente. (Ver DTG 312.)

Una relación a distancia con Jesús no puede sanar tu alma. ¡Tócalo fuerte, aférrate a él personalmente en secreta y profunda oración diaria!

Oración: Señor, quiero tocarte con la mano de la fe.