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Oración desesperada

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A la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Mateo 14:25, 26.

¿Vives en una silenciosa y anónima desesperación?

Disciplinados, los discípulos remaban en silencio para verse con Jesús en la otra orilla del mar de Galilea. Habían salido de noche desde Betsaida, cerca de un lugar donde el Maestro había alimentado a mucha gente con cinco panes y dos peces. Pero, mientras remaban, murmuraban, porque Jesús había rechazado la propuesta de la gente de convertirlo en rey: ¿¡Quién si no él estaba en mejores condiciones para liberarlos de la tiranía!? (ver Juan 6:6l-64y DTG 342).

De pronto sobrevino la tormenta. Entonces abandonaron sus pensamientos y se ocuparon de lo más urgente: impedir que el barco se hundiera. Remaron hasta las tres de la madrugada, pero finalmente, agotados, se dieron por perdidos. En medio de la tempestad y las tinieblas, el mar les había enseñado cuán desamparados estaban, y anhelaban la presencia de su Maestro.

A la luz de un relámpago, vieron una silueta que venía hacia ellos, y se aterrorizaron: ¡Un fantasma! Gritaron sus miedos con palabras de espanto, pero Jesús les dijo: "¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!" (Mat. 14:27).

¡Todos vivimos en una silenciosa y anónima desesperación, alimentada por las frustraciones cotidianas! Los discípulos fueron probados, y en la oscuridad temieron lo peor. El que teme sufrir ya sufre el temor; y el miedo siempre ve las cosas peor de lo que son. Pero el amor cambia la visión de los hechos, porque el amor ahuyenta el miedo.

"Jesús no los había olvidado. El que velaba en la orilla vio a aquellos hombres que llenos de temor luchaban con la tempestad. Ni por un momento perdió de vista a sus discípulos [...]. Como una madre vigila con tierno amor a su hijo, el compasivo Maestro vigilaba a sus discípulos. Cuando sus corazones estuvieron subyugados, apagada su ambición profana y en humildad oraron pidiendo ayuda, les fue concedida" (DTG 344).

Tú no tienes dominio sobre la vida, pero el amor de Dios sí tiene dominio sobre ti. Dios escucha tus oraciones audibles y tus clamores silenciosos mientras remas en el mar de la vida. Y, cuando sobreviene la tormenta, él te dice: "No temáis. Yo soy".

Oración: Señor, oye mi oración.