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Oración del joven rico

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Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredarla vida eterna? Marcos 10:17.

¿Puedes entregarle todo a Jesús?

La pregunta del joven rico, que hemos convertido en oración, recibe como respuesta otra pregunta de Jesús: “¿Por qué me llamas bueno?” (Mar. 10:18). Esta parece una pregunta fuera de lugar, pero tiene un propósito. Sabiamente, Jesús continúa: “Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios. Los mandamientos sabes” (vers. 18,19). Hasta allí, todo parecía ir bien para aquel joven. Pero, cuando asintió que “todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz” (Mar. 10:20,21).

Para Jesús, no era suficiente que el joven lo reconociera como uno de los tantos maestros buenos de Israel. Jesús pedía algo mucho más radical: que lo reconociera como Dios. La prueba de ese reconocimiento era simple y contundente: “Anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres [...] y ven, sígueme, tomando tu cruz”. El joven se fue triste ante la respuesta de Jesús. ¿No nos hubiera pasado lo mismo a nosotros?

“Cuando Jesús presentó al joven rico la condición del discipulado, Judas sintió desagrado. Pensó que se había cometido un error. Si a hombres como este joven príncipe podía relacionárselos con los creyentes, ayudarían a sostener la causa de Cristo” (DTG 667). Pero ¿qué es en realidad lo que sostiene la causa de Cristo? La entrega plena de nuestro corazón a Dios.

Jesús no te pide que des todos tus bienes a los pobres en perjuicio tuyo y de tu familia. No pide que des más de lo que tú y tu familia necesitan. Eso se lo pidió al joven rico, porque sus posesiones eran sus ídolos que lo ataban a este mundo.

Pero todos tenemos ídolos. ¿Cuál es el mío? ¿Cuál es el tuyo? ¡Señor, dame poder sobre mis ídolos! ¡Arráncame del corazón los que más me duele entregarte!

Solo tú sabes qué es lo que te separa de la vida eterna. ¡No te vayas triste, como el joven rico, de la presencia de Jesús!

Oración: Señor, te entrego mis ídolos. Te quiero conmigo.