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Oración angustiosa

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Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Marcos 15:34.

Era la hora novena, la hora del sacrificio vespertino. Durante siglos, los hebreos habían realizado el sacrificio del cordero; ahora el "Cordero de Dios" derramaba su sangre (Juan 1:29). La muerte del cordero típico no incluía la tortura, pero al Cordero de Dios lo atormentaron con los medios más eficaces para destruir a un hombre: la burla y la desnudez, la injuria y la agresión física al extremo del sadismo.

Durante seis horas, el Cordero de Dios había estado en agonía. Ahora su energía vital se consumía. En la hora que más necesitaba la simpatía humana y el auxilio divino, el Redentor se sintió solo. No era su soledad la del que muere asistido por la gracia, al cuidado de ángeles ministradores; no, el divino moribundo se sintió solo ante su Padre, olvidado, abandonado.

El Redentor se sintió castigado por la justicia divina, sometido al eterno desamparo, a la muerte sin retorno. Tan abominable era la carga de los pecados que portaba vicariamente, tan aterrador era el pensamiento de que su sacrificio no fuera aceptado por el Padre, y que no pudiera regresar de la tumba para disfrutar la gozosa armonía, que gritó su desamparo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mar. 15:34). Desde el Getsemaní, su Padre no le hablaba, no respondía sus plegarias. Desde la eternidad habían estado en permanente comunión. Su relación era única; su identificación, plena. ¡Ahora el Padre callaba! Como si su angustia le fuera indiferente. Y Jesús se sintió solo, en el vértigo del desamparo absoluto, en caída libre hacia un abismo insondable donde solo aleteaban las alimañas del averno. ¡Oh, tortura mental! ¡Oh, angustia indecible!

Jesús no lo llamó "Padre", porque a Dios no lo llamarán "Padre" los perdidos en el Juicio Final. Jesús moría como los condenados e irredentos, como los rebeldes e impenitentes: sin gracia, sin amparo ni auxilio. Jesús murió en soledad, para que tú jamás te sientas solo. Jesús murió torturado, para que tú no mueras la segunda muerte. ¡Para que tengas vida eterna!

¡Que la oración diaria, profunda y sincera madure en ti la gratitud por un sacrificio tan grande!

Oración: Gracias, Jesús, por tu sacrijicio.