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Todavía tres veces tres

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“Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17).

La segunda secuencia de tres en el trato de Jesús con Pedro confirmó la restauración del apóstol (Juan 21:15-l7). Él ya había visto   a Jesús tres veces después de la resurrección, pero sin escuchar    ni una palabra de reprobación. Pero ellos necesitaban conversar. Pedro había recibido tres nuevas oportunidades de borrar de su memoria las tres veces que negó a Jesús, porque para pecados profundos Dios siempre ofrece oportunidades intensas.

Había llegado el momento de la confirmación: “¿Me amas más que estos?” Para facilitarle las cosas al apóstol. había un término de compa- ración. ¿Más que los otros discípulos lo amaba? ¿Más que a los barcos, las redes y la pesca? Ese parámetro es importante porque, como dice Elena de White, recién “cuando amamos a Dios sobre todas las cosas, las temporales ocuparán su debido lugar en nuestros afectos” (El hogar cristiano, p. 321).

Otro objetivo de Jesús era enseñar a Pedro a amar ya tener paciencia con las personas. Comentando este momento en la vida del apóstol. Elena de White dice que “sin el amor de Cristo [Pedro] no podía ser un pastor fiel sobre el rebaño del Señor” (El Deseado de todas las gentes, p. 753).

Por detrás de una única pregunta, repetida tres veces y de manera insistente, Jesús quería demostrar cuánto cree realmente en los nuevos comienzos, las nuevas oportunidades. Elena de White explica: “Algunos aseguran que si un alma tropieza y cae nunca puede recobrar su posición; pero el caso [de Pedro] contradice esto. [ ... ] Al encomendar a su cuidado las almas por las que había dado su vida, Cristo dio a Pedro la evidencia más fuerte de su confianza en su restauración. Y no solo se le encargó alimentar a las ovejas, sino a los corderos: una obra más amplia y más delicada que la que hasta entonces se le había asignado” (Conflicto y valor, p. 322).

Pedro (y ¿por qué no tú y yo también?), con justicia, podría repetir la confesión de un predicador actual: “Yo le di incontables razones a Jesús para que no me amara, pero ninguna de ellas fue suficientemente fuerte para hacerlo cambiar de idea”. En razón de eso, renueva tu amor por Jesús.