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Mejor amigo

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“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

 Joseph Scriven (1819-1886) nació en Irlanda, en una familia bien estructurada,pero desde muy temprano la tragedia lo alcanzó. En la noche anterior a su casamiento, perdió a la novia, quien se ahogó. Sumido en una profunda tristeza, entendió que solo el amigo Jesús le daría el consuelo que tanto necesitaba. A partir de esa experiencia,compuso el himno: “¡Oh, qué amigo nos es Cristo!” (Nº 420 del Himnario Adventista). Ese cántico ha sido un canal de esperanza para el corazón de muchas personas.

Como reacción a la trágica pérdida de su novia, Scriven decidió comenzar una nueva vida y se mudó a Canadá, donde se estableció en Port Hope, en la provincia de Ontario. Él decidió dedicar su vida corno profesor para ayudar a otras personas en una escuela para los hermanos de Plymouth. Resolvió, también, servir sin ninguna remuneración a todos los que necesitaran de él. Donaba hasta su propia ropa para ayudar a los necesitados. Llegó a ser conocido como “El buen samaritano de Port Hope”.

Sin embargo, la tragedia lo alcanzó nuevamente. Esta vez, su segunda novia se enfermó gravemente de neumonía, después de que fue bautizada en un lago helado, y falleció. Asociado a esto, enfrentó también un gran sufrimiento físico, financiero y la enfermedad de su madre. Le envió a ella una carta de consuelo con las palabras del himno: "¡Oh, qué amigo nos es Cristo!"    

El himno fue publicado de manera anónima y, hasta poco antes de su muerte, nadie sabía de su don poético. Un vecino que fue a ayudarlo durante una enfermedad vio la poesía escrita en un papel al lado de la cama y le preguntó: “¿Fue usted, hermano, quien escribió esto?” Él respondió con humildad: “El Señor y yo lo escribimos juntos.”

¿Cómo reaccionas en la hora del dolor y del sufrimiento? Lo mejor que puedes hacer es doblar tus rodillas y recurrir al mejor Amigo, y recordar que: “Podemos mantenernos tan cerca de Dios que en cualquier prueba inesperada nuestros pensamientos se vuelvan hacia él tan naturalmente como la flor se vuelve hacia el sol” (El camino a Cristo. p. 100).