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Para el Señor

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“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23).

Pensando en tenerel mejor resultado, algunos productores depapas decidieron guardar las mayores para sí mismos y plantar solo las más chicas. Después de algunas cosechas insatisfactorias, descubrieron que la naturaleza había reducido el tamaño de las papas cosechadas. Ellos decidieron estudiar la situación, yaprendieron una importante lección: no podían quedarse con las cosas mejores y usar solo las peores. La ley de la vida les enseñó que la cosecha sería elreflejo de la plantación, y que el egoísmo nunca sería recompensado conel altruismo.

Así también es en la vida espiritual. La felicidad no es el resultado de lo que ganamos, sino de lo que damos. "El placer de hacer el bien a los demás fluye a través de los nervios, acelera la circulación de la sangre, y produce salud mental y física" (Mente, carácter y personalidad, t. 2, p. 669).

Para que esto ocurra, sin embargo, es necesario entender la diferencia entre hacer cosas para las personas y hacer algo para Dios. Las personas pueden decepcionamos, traicionamos, rechazamos y maltratamos. Dios, no. Al dar lo mejor de nosotros mismos para el beneficio de otros, debemos pensar que lo estamos haciendo para Dios.

Un esposo no ama a su mujer simplemente porque está casado con ella, sino porque Dios orienta a actuar de esa manera (Efe. 5:25). No tratamos a nuestros amigos solo como ellos nos tratan, sino como Cristo nos amó y nos dio el ejemplo (Juan 13:14). Hacemos lo mejor en nuestro trabajo no como retribución a la manera en que los empleadores nos tratan, sino de acuerdo con la manera en que Dios nos trata. Es a él a quien servimos (Efe. 6:5).

Si ese es nuestro principio, entonces la mediocridad y la pereza no tendrán lugar en la vida cristiana. Habrá integridad en el hogar y en el ambiente de trabajo. En definitiva, nuestro compromiso no es con hombres, sino con el Señor. Nuestro esfuerzo se vuelve una ofrenda para Dios.

“Si Cristo mora en nosotros, manifestaremos su abnegado amor para con todos aquellos con quienes tratemos. Cuando veamos a hombres y mujeres necesitados de simpatía y ayuda, no nos preguntaremos si son dignos, sino cómo podemos beneficiarios” (El ministerio de curación, p. 120). Al fin y al cabo, él es digno de nuestros mejores esfuerzos.