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Fragancias que nunca desaparecen

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“¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” (Salmo 116:12).

Él había sido milagrosamente curado de una enfermedad terrible, y decidió organizar una fiesta de celebración y gratitud con la presencia de muchos pacientes recuperados. De pronto, una mujer quebró un frasco de alabastro y derramó un perfume de nardo puro sobre la cabeza del invitado principal (Mat. 26:7). El costo de aquel perfume era equivalente al salario de un año de trabajo. La responsable por el homenaje: María. Ella le rindió homenaje a Jesús, que había restaurado la vida de tantas personas.

No fue solo un acto de cortesía; también fue un sacrificio. El precio del perfume indicaba que había sido comprado con un gran esfuerzo. En realidad, fue una entrega, como resultado de un amor verdadero. Los discípulos quedaron indignados: “¿Por qué desperdiciar tanto? El dinero podría haber sido dado a los pobres. Vamos a vender ese perfume”, dijeron ellos.

El corazón de María “estaba lleno de un amor santo y puro. El sentimiento que la embargaba era: '¿Qué le daré al Señor por todas sus bendiciones?' Este costoso ungüento –de acuerdo con la tasación de los discípulos– era una muy humilde expresión de su amor por su Maestro. Pero Cristo valoraba este obsequio como una expresión de su amor, y el corazón de María rebosaba de una paz y una felicidad perfectas” (El Cristo triunfante, p. 254).

Y tú, ¿cuánto estarías dispuesto a gastar en un perfume para Jesús? Más que pensar en un regalo material para el Maestro, recuerda que las buenas acciones son fragancias que nunca desaparecen.

En la ciudad de Antonina, litoral de Paraná (Rep. del Brasil), específicamente en el barrio Portinho, otra María, después de ver a su Grupo pequeño crecer y multiplicarse, no tenía más espacio en su casa para atender a las personas que venían cada semana. Ella decidió derrumbar paredes y transformar la casa en una iglesia. Para eso, tuvo que irse a vivir con su hija. Esa fue una decisión de toda la familia, que estaba muy feliz por formar parte del cumplimiento de la misión.

La María de los tiempos de Jesús, que se sentó a los pies del Salvador para escucharlo, como una expresión de gratitud, amor y sacrificio, dedicó un año de salario al Salvador. La María de nuestros días, con el mismo espíritu de amor y sentido de misión, transformó su casa en una iglesia. ¿Cuánto estás dispuesto a darle al Señor?