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¿Para qué vamos a la escuela?

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«Tú mismo me hiciste y me formaste; ¡dame inteligencia para aprender tus mandamientos!». Salmo 119: 73

¿Te gusta ir a la escuela? Tal vez muchos niños de tu edad responderían esta pregunta con un gran «No». Porque la escuela los aburre, no les gusta hacer tareas, el maestro les da miedo o no les gusta madrugar. Pero la otra opción, no ir a la escuela, es mucho peor. ¿Por qué? Porque se perderían todo lo que nos da la escuela. En ella aprendemos a leer, escribir, sumar y restar; ¿te imaginas ir por la vida sin saber ninguna de estas cosas? En ella nos enseñan a pensar mejor, ampliamos conocimientos, desarrollamos el carácter, hacemos amigos, aprendemos otro idioma... ¿Sabes? Hace mucho tiempo, muy poquita gente iba a la escuela; era un privilegio de unos pocos. Así que tienes suerte de haber nacido cuando naciste, porque a partir del año 1989, ir a la escuela se ha convertido en un derecho de todos los niños.

Aprender es crecer, descubrir y desarrollarse. El rey Salomón observó que las personas que aprenden son las que permiten que Dios los forme. Pero también descubrió con tristeza que hay personas que no quieren aprender y que se jactan de lo poquito que saben. Qué triste presumir de ignorancia.

Una persona que aprende es como un tren que avanza. Y todo tren tiene un motor. En nuestra vida, el motor es Jesús, que nos da el deseo de aprender cada día más. «Tú mismo me hiciste y me formaste; ¡dame inteligencia para aprender tus mandamientos!» (Salmo 119: 73).

Desafío: Dibuja un tren y en cada vagón escribe los nombres de tu familia. ¿Qué nombre escribirás en la cabina del conductor?