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¿Cómo puedo ser un buen deportista?

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«Señor, tú escuchas la oración de los humildes, tú los animas y los atiendes». Salmo 10: 17

Si algo tienen en común los deportistas, es que no nacen con una pelota, una raqueta, una bicicleta ni una habilidad debajo del brazo. Tampoco nacen vestidos con la camiseta de su equipo ni con las zapatillas más veloces. Un deportista llega a ser muy bueno por varias razones: entrena todos los días, lleva una vida sana —es decir, no come, bebe ni hace nada que sea malo para su salud y repite muchas veces la misma acción hasta que llega a dominarla, incluso bajo presión.

Aunque Moisés no era deportista, sí tuvo que prepararse para convertirse en el mejor líder posible para sacar a Israel de Egipto. Y para prepararlo, Dios lo llevó lejos de Egipto, al desierto, para que llevara una vida que le enseñara disciplina, trabajo duro, mansedumbre y obediencia. Como príncipe de Egipto, Moisés estaba acostumbrado a confiar solo en sí mismo, pero Dios necesitaba que confiara solo en el Señor. Esos cuarenta años en el desierto le permitieron a Moisés enfrentar al faraón con poder. ¿Cómo lo convenció para que dejara salir al pueblo de Dios? Simplemente obedeciendo a Dios. Una de las primeras cosas en las que obedeció es que Dios le dijo que metiera su mano en el pecho. Él lo hizo y la mano salió enferma de lepra. Cuando la volvió a meter en el mismo lugar, salió totalmente sana. Esta fue una de las grandes señales que Dios hizo a través de Moisés. Le siguieron otras más.

Si hoy tienes algo difícil que realizar y no sabes cómo hacerlo, pide a Dios que te ayude. Él tiene la respuesta. «Señor, tú escuchas la oración de los humildes, tú los animas y los atiendes» (Salmo 10:17).

Desafío: Arrodíllate para leer el versículo de hoy, luego ora a Dios y humildemente pide que te ayude a vivir este día.