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Culpa dividida

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“E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, y siguió en los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel; y no se apartó de ellos” (2 Reyes 13:2).

Al comienzo de mi ministerio recibí una intrigante pregunta sobre la salvación de Guillermo Miller. En la pregunta, la persona mencionaba que Miller había sido el gran predicador de la segunda venida de Jesús, pero destacaba la realidad de que él había continuado marcando fechas después del chasco y que nunca se había unido a la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Le respondí con una cita de Elena de White, que deja en claro que “Guillermo Miller erró [...]. [Sin embargo,] otros lo indujeron a esto; otros tendrán que dar cuenta de ello. Pero los ángeles velan sobre el precioso polvo de este siervo de Dios, y resucitará al sonido de la trompeta final” (Primeros escritos, p. 285).

La respuesta levantó otro punto: Guillermo Miller erró porque fue inducido por otros. Él será salvo, pero aquellos que influyeron negativamente en él serán responsables por la equivocación. En su juicio, Dios toma en consideración varios factores y atribuye culpa no solo a quien yerra sino también a quien induce al error. En su misericordia y sabiduría, Dios perdonó la equivocación de Miller, pero no dejó de percibir el pecado de quien indujo a su siervo a actuar de esa manera.

Dios usa con nosotros los mismos criterios. Imagina a alguien que estimula a otra persona a contar una mentira. La persona acepta la idea e inventa una historia cualquiera. Quien miente es culpado, pero quien sugirió la mentira también lo es. Otra persona usa un estilo de ropa provocativo; alguien que tiene debilidad en esa área puede mirar, codiciar y pecar. La culpa es de la persona porque pecó, pero también de aquella que estimuló el pecado con la vestimenta que usó. Puedes imaginar también una familia adventista que vive una vida totalmente sin compromiso en su casa, con mucha confusión y falta de respeto, pero los sábados va a la iglesia con apariencia de piedad. Los vecinos se escandalizan con su testimonio y, posiblemente, nunca aceptarán nuestra fe. Serán culpados por no aceptar la verdad, pero esa familia tendrá parte de la culpa. ¿Entiendes?

Recuerda: "No podemos volver para rectificar los errores. Por lo tanto, cada paso que se dé debería darse con santo temor y con cuidadosa consideración" (Nuestra elevada vocación, p. 228). ¡Que tu vida sea siempre coherente y que sea una influencia para el bien!