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¿Cuál es tu precio?

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“Cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se alejó de Él esperando un tiempo oportuno” (Lucas 4:13, LBLA).

Un joven, que necesitaba consejos, buscó a un hombre sabio. En el inicio de la conversación, el sabio le dijo: "Necesito conocerte mejor; por eso, respóndeme una pregunta: Si nunca fueses descubierto y nadie quedara lastimado, ¿mentirías por 10 mil dólares?" El joven pensó un poco y respondió afirmativamente. El sabio movió la cabeza y continuó: "Está bien. Entonces, una pregunta más: ¿Mentirías por diez centavos?" Furioso, el joven respondió: "¿Qué tipo de persona cree usted que yo soy?" El sabio respondió: "Ya sé qué tipo de persona eres; solo estoy intentando descubrir tu precio".

Para derrotarte, el enemigo también está intentando descubrir tu precio, y lo hace mediante la tentación. Busca tu punto más débil y no va a descansar hasta seducirte; solamente quiere encontrar el “tiempo oportuno”.

No es difícil entender cómo sucede todo, pues la tentación tiene cinco fases diferentes y claras. Cuando aprendes a identificarlas, el enemigo pierde espacio y el Espíritu Santo gana fuerza.

Atención. Algo te atrae y despierta tu interés. Es aquella mirada más atenta.

Consideración. La evaluación de los pros y los contras de aquello que te atrajo.

Deseo. El momento en el que comienzas a gustar de aquello y decides continuar o no. Es cuando la tentación se puede transformar en pecado. Un deseo acariciado se transforma en pecado, pero un deseo negado vence a la tentación.

Planificación. El pecado ya es real; pero todavía no fue ejecutado por falta de oportunidad. Comienzan los planes para sacar el máximo provecho, para no ser descubierto ni generar ningún escándalo.

Hecho. Hasta aquí, todo el proceso sucedió dentro de tu mente. El acto será revelado cuando haya posibilidad o en el momento de mayor debilidad.

Las armas del enemigo son muchas, pero Dios es mayor que todas ellas. El secreto para vencer en su nombre es vigilar y orar (Mar. 14:38), revestido con “toda la armadura de Dios” (Efe. 6:11). Cualquier descuido abre la puerta para que el enemigo te ataque y te encuentre desprevenido.

El consejo es simple: “Los que no quieren ser víctimas de las trampas Satanás deben guardar bien las avenidas del alma; deben evitar el leer, mirar u oír lo que puede sugerir pensamientos impuros” (Los hechos los apóstoles, p. 427). Cuando el enemigo llame a tu puerta, pídele a Jesús que atienda.